Aclimata el carruaje dichoso de tus senos, la tierra de mis primeras voces, sus heridas abiertas, sus flagelados gavilanes en la intemperie nevada.
Una mujer llamada Blanca manipula la jaula escarlata del misterio Sobrepasa el límite, una oscura potencia. ¿Grita, imagina, siente? Teje una cáscara densa de brisa matinal, alivia piedras decrépitas.
La joven pálida me conduce a un jardín en ruinas. La veo desnuda, bajo un gran suburbio de palmeras, exportando el oro del crepúsculo hacia un milagroso país.
Ha regresado la hora silenciosa. Me circundan las pesadas bahías de tus ojos.
Tú tienes que diseminarte, cuerpo y alma, en la heredad meliflua de las rosas.
A mi lado pasan lavanderas con sus blancas túnicas, con sus cofias de inocencia y las manos entregadas a un rito. De “Elena y los elementos” 1951