Las cartas de amor que escribí en mi infancia eran memorias de un futuro paraíso perdido. El rumbo incierto de mi esperanza estaba signado en las colinas musicales de mi país natal. Lo que yo perseguía era la Corza frágil, el lebrel efímero, la belleza de la piedra que se convierte en ángel.
Ya no desfallezco ante el mar ahogado de los besos. Al encuentro de las ciudades: Por guía los tobillos de una imaginada arquitectura Por alimento la furia del hijo pródigo Por antepasados, los parques que sueñan en la nieve, los árboles que incitan a la más grande melancolía, las puertas de oxígeno que estremece la bruma cálida del sur, la mujer fatal cuya espalda se inclina dulcemente en las riberas sombrías.
Yo amo la perla mágica que se esconde en los ojos de los silenciosos, el puñal amargo de los taciturnos. Mi corazón se hizo barca de la noche y custodia de los oprimidos. Mi frente es la arcilla trágica, el cirio mortal de los caídos, la campana de las tardes de otoño, el velamen dirigido hacia el puerto menos venturoso o al más desposeído por las ráfagas de la tormenta. Yo me veo cara al sol, frente a las bahías mediterráneas, voz que fluye de un césped de pájaros.
Mis cartas de amor fueron secuestradas por los halcones ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia. Mis cartas de amor son ofrendas de un paraíso de cortesanas.
¿Qué pasará más tarde, por no decir mañana? murmura el viejo decrépito. Quizás la muerte silbe, ante sus ojos encantados, la más bella balada de amor.
De “Elena y los elementos” 1951