Sólo al fondo del furor...

Sólo al fondo del furor…

I Sólo al fondo del furor. A Ella, que burla mi carne, que desvela mi hueso, que solloza en mi sombra.

A Ella, mi fuerza y mi forma, ante el paisaje.

Tú que no me conoces, apórtame el olvido. Tú que resistes, resplandor de un grito, piernas en éxtasis, yo te destruyo, sangre amiga, enemiga mía, cruel lascivia.

Nuestras voces de bestias infieles trepando en una habitación suntuosa sin puertas ni llaves. Cuando me desgarra un soplo náutico de abejas, yo pierdo tus óleos, tus imanes, una calesa de esteras en el vergel.

Mi Primera comunión es el hambre, las batallas. ¿Rueda mi frente en un aro, saltan mis ojos sobre la nieve pacífica? ¿Florecen campanas melodiosas en un abismo de miedo?

Después, sin designio, el rocío extiende por el mundo su gran nostalgia de húmedos halcones.

II Arrastrado bajo yunques sin ruidos ni caricias Otra vez otro instante Sepárame las tablas de mi cuerpo, los despojos Los despojos de mi alma Hacia una bóveda de espanto, allí crece el caos.

Entonces se interpuso un revólver Disparado al aire tres veces Por los ebrios del amor.

Mi amiga íntima falleció hace tres años Por tres balas lanzadas al aire.

Ella se vestía escandalosamente para asistir a un baile de máscaras. Ella jugaba una partida de póker en el momento fatal.

Recuerdo a mi amiga íntima. Estoy seguro de haberla conocido hace trescientos años. Y olvidarla ahora mismo.

Otra vez, otro instante, Me inunda el halo de los espectros.

III Al arrancarme de raíz a la nada Mi madre vio, ¿qué?, no me acuerdo. Yo salía del frío, de lo incomunicable.

Una mañana descubrí mi sexo, mis costados quemantes, mis ráfagas de imposible primavera. A la sombra del árbol de mi gran nostalgia ya comenzarían a devorarme, ya comenzarían.

Sabedlo tú, Ondina ondulante del mar y alga efímera de la tierra. Un hombre alto fue al cementerio Espantó a un perro que ladraba Su camisa de fuerza la estrangulaba Cayó estrangulado.

Y yo he revelado su destino a todos mis amigos A los que conozco sin saludar, a los que saludo sin conocer.

Yo di muerte al estrangulado A pesar de sus signos de indeleble fatiga.

Yo frisaba cinco años de vida ¿Me engendró una cigarra en el verano?

Era un día maldito. Mi madre no logró reconocerme.

IV Aún la perfección, las campanas trasquiladas. Aún quien te subyuga, Oh tú, Huésped turbado, Tu máscara desgarra, Tu dedo es un liviano ruiseñor. Horada una llama oculta: Sobresale tu cuerpo, tu pudor, tu vigilia. Grandes herméticos antepasados míos levantan mi corazón carnívoro de langosta.

Súbeme a la claridad. Soy un simio abyecto que necesita perdón. Un búfalo que desciende en el huerto leproso sobre la espalda encendida del arcoiris.

Súbeme a la claridad.

La noche es una isla perdida en el viraje vertiginoso de tus corpiños.

Cielo crispado del amanecer, Erizos desplazados, altas cimas; Tierra mía y rocío de los papagayos y follajes fulminantes de las palomas siderales; Extensos brazos benevolentes; y tú, rosa abierta, caída contra el resplandor negro de mis deseos.

V Yo atravesaba las negras colinas de un desconocido país. He aquí el espectáculo: Yo era lúcido en la derrota. Mis antepasados me entregaban las armas del combate. Yo rehuí el universo por una gran injusticia. Tú que me escoltas hacia una distante eternidad: Oh ruego en el alba, cimas de luto, puertas que franquean tajamares de niebla. Salva mis huestes heridas, verifica un acto de gracia en mis declives. Pero, ¿qué veo yo, extenso en una maleza de tilos imberbes? Un glaciar cae lánguido en el césped. El mármol se despide del hombre porque éste es una estatua irreverente.

VI Blandiendo un puñal de vidrio entre las sienes Pasean los soldados, los herreros, las razas de color, las mujeres melancólicas Por los canales pardos del arcoiris, encallados a riberas de bruma A la aventura celeste de los cinematógrafos, al pequeño monumento de las aves estelares.

Un sueño los hace distintos a la realidad Un murciélago desconocido los hizo visibles a la vida.

Y después, ¿te acuerdas? Yo me acuerdo Tu madre subyugada por tu padre. Y después, ¿te acuerdas? Yo me acuerdo Todas las madres del mundo subyugadas por todos los padres del mundo. Y después, ¿te acuerdas? Yo me acuerdo Todas las madres del mundo divorciadas de todos los padres del mundo.

Y el primer día le daban palmaditas a tu hombro Y el segundo día le daban palmaditas a tu vientre Y el tercer día le daban palmaditas a tu frente Y el cuarto día no tenías hombro Y el quinto día no tenías vientre Y el sexto día no tenías frente Sino enigmas inválidos, enigmas a flor de piel.

Tú seguías mi ruta: El diluvio de mis besos a la deriva de la vía láctea El ala colérica de mi sangre Una bandada de rojos insectos roedores de tiniebla.

Tú me decías: «Encima del cielo hay una encrucijada de bosques feéricos Encima de la nieve está el cadáver taciturno de mi lengua Y la magia del mundo en los brazos abiertos del amor».

Barcas bélicas de mis pies vegetales Con una campana sumergida estrella del vino Nombres extraños, ríos glaciares, vertientes impalpables caballos de franela con dos dedos de frente Que una mujer desnude su alma Su cuerpo y su alma Al borde de los astros parpadeantes

Que construya a golpes martirizantes de olvido Un fantástico jardín con salamandras ebrias.

Nada es tuyo, nada puede socavar tu sed terrestre Nada es mío, sino perforación de muerte, sino escombros indispensables para que negligentes, olvidadas fuerzas orgánicas canten su iluminada redención.

Pan de leche de la luna, oscuro temblor de los cereales Precipicios de nubes que ahogaron mi rostro dormido entre las aguas

Declárame vacío en mi tregua, en mi locura Declárame culpable. El dedo perfumado del aire Señala las orejas dementes del amor.

Tú frunces el ceño, tú eres honorable tú escuchas música en los cañones de pólvora del firmamento.

Cuando un navío silencioso corte en dos el paisaje cruel de mis labios Cuando se extingan mis vísceras hallarán un grito perdido. Las plumas perfumadas de un taciturno gavilán. Un mundo hostil. Un mundo desaparecido. Encajes azules que flotaron a merced del lodo y la lluvia Un insecto en la mesa de los burgueses Animales palurdos que arrastran sombríos catafalcos Enigmas inválidos Enigmas a flor de piel Recuerdos de estrellas estériles Negros túneles de dicha distraída Perros domesticados Perros de lujo, melancólicos y melifluos Sobrevivientes sordas y difuntas melodías suspirando un aire de tibia lavanda Mientras mis sienes terrestres desconocen Tu vestido de nácar Donde no aparecen las llaves Del Exterminio.

VII ¿Cuántas veces ahogado por tus brazaletes mágicos, Las palmeras seniles de la lluvia me desatan? Me extiendo sobre la fuente gris de un sollozo. Las aguas en el sueño tienen otro ámbito más pleno.

¿Cuántas veces mi fidelidad es prisionera de tus ojos?

¿Hacia dónde su grito de mujer, Oh Noche, para levantar en mí esta bóveda chorreante de sed, Mi primitivo deseo? Si su cuerpo es joven y tranquilo, Ella se adelanta a mis párpados, con el salto de un jaguar. Pero Ella me conoce. Y golpea con su sangre mis brazos; La trompeta invisible de su luz: Lanzada en mi cenit.

Tú que huyes hacia un día de sol, Escúchame. Escúchame. Este árbol no es un árbol. Este muro no es un muro.

Entonces deslicé en mi boca, Los pétalos dúctiles de tus senos. Eso fue todo. Como una antorcha que ardía y ardía bajo la Hierba.

De “Elena y los elementos” 1951

Trinidad

Cuando todos cavilan, me arrulla Me arrulla mi melodía pueril.

Luego, me voy de súbito a una isla, Y allí las tiendas, la pesca de ranas, la obsequiosidad de una muchacha negra, Me hacen formular vigilias felices;

Soplo una gran bujía:

Es el adiós sollozando en mi corazón.

El ancla que pesa al fondo del fiar.

De “Animal de costumbre” 1959

Yo no seré explícito o enigmático o tú no serás la rosa…

Yo no seré explícito o enigmático o tú no serás la rosa en fuga o la piedra dura qué locura del hoy de mi ayer que en mi mañana a menudo hora tras hora o sea esta noche se apagan los miembros del diamante en los ojos de mi amante topo una gruta impenetrable abro mi abecedario ovillo para que en mi ademán se filtre la luz y cual nos viéramos mi dama y yo yendo de paseo buzos reclusos qué ebriedad qué risa y la arena frágil del corazón la redonda manzana en el agua de nuestros labios.

De “Rasgos comunes” 1975