Era blanca la boda: un milagro de espuma, de azahar y de nubes. Cenicienta esperaba. Las muchachas regaban cada día los frágiles cristales de su himen. Blancanieves dormía. Al galope un azul redentor doraba la espesura y la Bella Durmiente erguía su mirada. Las vestales danzaban. Y las viejas mujeres, en las noches de invierno, derramaban sus cuentos de guirnaldas, de besos y de príncipes. Era largo el cabello, eran frías las faldas por las calles de hombres. Las fotos de las bodas irradiaban panales de violines y era dulce ser cóncava para el brazo tajante y musculoso. La boda les cantaba por el cuerpo como un mar de conjuros. Y a la boda se fueron una tarde con su mística plena. Y cambiaron la hora de su brújula por el final feliz de los cuentos de hadas.
De Cóncava mujer, Córdoba 1978