Ella no es Pomona. Ni, como las Danaides, una daga dorada oculta entre los senos. Ella no es Calíope, aunque sea la voz y la belleza. Y aunque, como las Náyades, ame fuentes y bosques, no es Estigia, ni Dafne, ni es la bella Afrodita ni el sueño de los héroes. Pero Ella ha nacido.
Como ananás fragante, se levanta ungida de romero, como custodia viva, derramando cuatro copas dulcísimas: Abrazo de la tierra, música del aire, luz violenta del fuego y el almíbar del agua. Ya no habrá nunca noche, porque Ella se ha manifestado con sus cuatro trompetas y su gloria. Y así es la gran nueva, la alegría: Porque Ella ha nacido y esta es la señal, aleluya. Que su gracia sea con todos vosotros, aleluya.
De Narcisia, Barcelona 1986
De la lonja
No te amaré mañana. He aguardado tantos días desnuda, con tu nombre grabado entre las cejas, que olvidé los inviernos, el azul y las rosas. Ciertamente, habría de ser negra la piel negra del perro que amordazó mis piernas y fue lenta, hacia dentro vistiendo de parálisis la gallarda evidencia del hombro. Hoy he visto que tan sólo milímetros le restan a los hilos del túnel. Pero existe el remedio: Mañana, cuando tú te despiertes, encontrarás el lecho bañado con mi sangre. Un panal de uñas rotas, y tal vez una pluma deshojada en la lucha. No debes sorprenderte. Habré ganado en el instante último mi guerra. Con un ala perdida junto al cielo y la llave morada de los labios, estaré, torpe y triste, otra vez aprendiendo. Mas debe ser así, pues que la libertad hermana es gemela de la muerte.