La muerte es una alondra descubierta en la noche. Ahora sé que, transida, con su brazo fervoroso de arándanos me acecha. De mi alcoba, tan lejos maduraba, tan secreta y tan dulce, certera de mi olvido, que sólo tras el mar, en otra orilla, su manto desplegaba de ternura. Fue preciso el camino. Andar por otras tierras, absorber otra luz, otra lengua, sigilosa y terrible su huella por las piedras. Con mis ojos la he visto. Estuvimos tan cerca, que el fulgor de su música, como nieve bajaba, ciega al mar, por mi cuerpo. Fue un instante de amor. Sólo el tacto luminoso y atroz de la distancia. Mas vivo, desde entonces, develada, viviendo por morir. Por bajar, o ascender, y en el infierno de su efímera mano, venturosa, sucumbir finalmente de hermosura o maldad.
De Arte de cetrería, Col. Juan Ramón Jiménez, Huelva 1989
Destierro
Yo no soy de esta tierra. Era ya extranjera en la distancia del vientre de mi madre y todo, de los pies a la alcoba me anunciaba destierro. Busqué de las palmeras mi voz entre sus signos y perforé de hachones encendidos la amarga región del azabache. Yo no sé qué vuelo de planetas torcería mi suerte. Sobre el mudo desvío, sé que voy, como víbora en celo, persiguiendo el rastro de mi exilio.
No encontrará mi alma su reposo hasta que en ti penetre y me amanezca y ría.
De No temerás, Torremozas, Madrid 1994
Disyuntiva
La tentación se llama amor o chocolate. Es mala la adicción. Sin paliativos. Si algún médico, demonio o alquimista supiera de mi mal cosa sería de andar toda la vida por curarme. Pues tan sólo una droga, con su cárcel del olvido me salva de la otra. Y así, una vez más, es el conflicto: O me come el amor, o me muero esta noche de bombones.
De Alada mía, Córdoba 1996
El potro blanco
Tiene razón ella, y el espejo que me enseñó esta tarde.
-Mírate, tú no eres un hombre.
Los hombres nunca tienen esa fiebre en los ojos, ni los muslos les florecen redondos, ni en los pechos les crecen dos botones erguidos como islas detrás de la camisa.
-Mírate. Y me miro, y me voy desnudando de mis tristes aperos.
Y entonces aparece, sin que yo lo convoque, mi cuerpo como el lirio de sol y la radiante manzana de la carne, igual que en el milagro del primer potro blanco saliendo de su madre.
Inanna
Como la flor madura del magnolio era alta y feliz. En el principio sólo Ella existía. Húmeda y dulce, blanca, se amaba en la sombría saliva de las algas, en los senos vallados de las trufas, en los pubis suaves de los mirlos. Dormía en las avenas sobre lechos de estambres y sus labios de abeja entreabrían las vulvas doradas de los lotos. Acariciaba toda la luz de las adelfas y en los saurios azules se bebía la savia gloriosa de la luna. Se abarcaba en los muslos fragantes de los cedros y pulsaba sus poros con el polen indemne de las larvas. ¡Gloria y loor a Ella, a su útero vivo de pistilos, a su orquídea feraz y a su cintura! Reverbere su gozo en uvas y en estrellas, en palomas y espigas, porque es hermosa y grande, oh la magnolia blanca. Sola!
(De Narcisia, Taifa Poesía, Barcelona 1986)
Jabón de sosa
Hervía en la caldera de bronce sobre el fuego. La sosa devoraba el saín de la vida y ella sola sabía la entraña del milagro. Inmensa, se enfriaba la tarta del color de los ríos, para luego cortarla en cuadrados pedazos aromados de limpio.
Hoy que ella se muere como se ha muerto el rito, una niña recoge del cauce de un arroyo el fruto de una piedra: arena y tosca y ocre, cómo sabe su frío a la orfandad del labio.
La cuna
Estoy encinta, y vivo. Me preñó igual que a las ovejas. Ahora hace la cama con madera de olivo, y canta, y por primera vez me llama por mi nombre.
Porque va a ser un niño como su abuelo, dice, “un hombre de verdad que trabaje conmigo”.
Pero de noche, carga sobre mí su balumba y se olvida del hijo.
Será para cantar, me digo, mientras abro las piernas y me escoro hacia un lado eludiendo su peso porque duele.
¿Qué será lo que siente?
La era
Mi padre y yo dormimos en la era, y la paja nos es lecho de estrellas. Se sienten las culebras cruzar toda la noche los haces de cebada, y ratas como gatos nos roban en el trigo. Me estremezco y no grito, porque mi padre ronca bebiéndose la luna, y en el aire cantan grillos de arena.
Lotófagos
A mediodía, por el aire, pasa el ángel mudo de los inmigrantes. Todo se alza y es un vaho de pan recién cocido con aroma de flores. En los barrios, los tranvías, las ventanas y el metro, cada inmigrante compra su flor de cada día y una ración de pan. Pan moreno, pan alto, pan blanco, pan rubio, de centeno o del sur. Cada inmigrante huele su pan de cada día mientras muerde, una a una las irisadas migas de su ración de flor.
Pañuelos
En un golpe de aire los papeles han salido volando, y esparcen por el suelo su forma de blancura. Campo seco, sembrado de rectángulos tersos, limpias lenguas de sombra.
-Mis pañuelos son otros. De batista y de lino, descansan sobre el pasto -sus vainicas aladas- y a mis manos reciben su perfección de agua.
Escritura caída. Pañuelos y pañuelos, vida mía, palabra.
De Del color de los ríos, Esquío, El Ferrol 2000
Penélope
Kabul
Pajarillo enjaulado, me han quitado los ojos y tengo una cuadrícula calcada sobre el mundo. Ni mi propio sudor me pertenece. Espera en la antesala, me dicen, y entrelazo mis manos mientras cubro de envidia las cabras que en el monte ramonean. Ciega de historia y lino me pierdo entre las sombras y a tientas voy contando la luz del mediodía. Noche mía del fardo que sin luces me arroja la esperanza del tiempo engastado en la letra. Noche mía, mi luz cuadriculada en negro, cómo pesa mi manto y su bordado, cuánto tarda la paz negra del cielo, cuánto tarda.
De El extranjero, Rialp, Madrid 2000
Profecía
Algún día vendrás, sabes que miento, que no puedo ya más tender la seda lunar de la esperanza. Algún día vendrás como una horca, el fiero corazón guardando la armadura y los labios en flor como limones sangrados para el beso. Peregrino lo sé, sé que algún día recabarás aquí tu singladura y yo te aguardaré, aguardaré tu oído del vacío, sé que miento, que no oiré nunca más tu caracola niña. Puede ser que vengas algún día de otoño o una noche de fuego en las ventanas, algún día puede ser, pero sabes que miento, yo no sé si algún día.
Sentir el peso cálido…
Sentir el peso cálido. Girar previsora la vista, y saber que no hay nadie. Agacharse. Enrollar el vestido, dejar en las rodillas la mínima blancura de la tela, su felpa y el fruncido que abraza la cintura y las ingles.
Mojar con el chorro dorado, tibio y dulce la tierra tan reseca de agosto, el desamparo sutil de las hormigas en la hollada palidez de los henos.
Mezclar su fragancia espumosa con el verde vapor denso de mayo, sus alados murmullos, la espantada carrera de los grillos.
Y en invierno, elevar un aliento de nube caldeada, aspirando el helor de hoja fría del aire.
Orinar era un rito pequeño de dulzura en el campo.
(De Fisterra, Libertarias, Madrid 1992)
Toda la piel del mundo
Tú los ves ahí colgados, tirados, y dices, vaya cosa, son cosa de mujeres, tonterías, lo llevan para meter el pintalabios, el móvil, quizás una compresa. Y te olvidas.
Pero ellas no olvidan, lo llevan como a un gato, como al fiel compañero, como su santo y seña, como su claro ex-libris.
Te equivocas si crees, en tu inocencia, que esa cosa de rafia o de piel beige sirve para tener a mano el colorete, las llaves, el perfume.
Yo la he visto de noche, esa cosa respira, es una megalópolis, no está quieta por dentro, es multiforme y crece. A la hora del pan huele a cerveza, y cuando está nublado te puedes encontrar con que ahí dentro hay una hija, un sol, unas tijeras de robar rosas rojas.
Ahí, a tres de julio, he visto amanecer los pájaros cantando y había un abanico para un novio y una estrella de miel para la madre. En el rincón azul, las gafas de coser, las recetas del padre a la fecha de hoy, la muestra de la tela -preciosa- que le dio el tapicero. Al fondo la novela, la última, de Doris Lessing y el bono de 10 horas del gimnasio.
Por ahí pasa un río, pasa el día, la música, la niebla…
Esa cosa. Mi bolso.
Que va a dar al mar.
De “Cartas de Enero” Ed. Fundación José Manuel Lara 2010