De la lonja

De la lonja

No te amaré mañana. He aguardado tantos días desnuda, con tu nombre grabado entre las cejas, que olvidé los inviernos, el azul y las rosas. Ciertamente, habría de ser negra la piel negra del perro que amordazó mis piernas y fue lenta, hacia dentro vistiendo de parálisis la gallarda evidencia del hombro. Hoy he visto que tan sólo milímetros le restan a los hilos del túnel. Pero existe el remedio: Mañana, cuando tú te despiertes, encontrarás el lecho bañado con mi sangre. Un panal de uñas rotas, y tal vez una pluma deshojada en la lucha. No debes sorprenderte. Habré ganado en el instante último mi guerra. Con un ala perdida junto al cielo y la llave morada de los labios, estaré, torpe y triste, otra vez aprendiendo. Mas debe ser así, pues que la libertad hermana es gemela de la muerte.

La muerte es una alondra descubierta en la noche. Ahora sé que, transida, con su brazo fervoroso de arándanos me acecha. De mi alcoba, tan lejos maduraba, tan secreta y tan dulce, certera de mi olvido, que sólo tras el mar, en otra orilla, su manto desplegaba de ternura. Fue preciso el camino. Andar por otras tierras, absorber otra luz, otra lengua, sigilosa y terrible su huella por las piedras. Con mis ojos la he visto. Estuvimos tan cerca, que el fulgor de su música, como nieve bajaba, ciega al mar, por mi cuerpo. Fue un instante de amor. Sólo el tacto luminoso y atroz de la distancia. Mas vivo, desde entonces, develada, viviendo por morir. Por bajar, o ascender, y en el infierno de su efímera mano, venturosa, sucumbir finalmente de hermosura o maldad.

De Arte de cetrería, Col. Juan Ramón Jiménez, Huelva 1989