Inanna

Inanna

Como la flor madura del magnolio era alta y feliz. En el principio sólo Ella existía. Húmeda y dulce, blanca, se amaba en la sombría saliva de las algas, en los senos vallados de las trufas, en los pubis suaves de los mirlos. Dormía en las avenas sobre lechos de estambres y sus labios de abeja entreabrían las vulvas doradas de los lotos. Acariciaba toda la luz de las adelfas y en los saurios azules se bebía la savia gloriosa de la luna. Se abarcaba en los muslos fragantes de los cedros y pulsaba sus poros con el polen indemne de las larvas. ¡Gloria y loor a Ella, a su útero vivo de pistilos, a su orquídea feraz y a su cintura! Reverbere su gozo en uvas y en estrellas, en palomas y espigas, porque es hermosa y grande, oh la magnolia blanca. Sola!

(De Narcisia, Taifa Poesía, Barcelona 1986)