Sentir el peso cálido. Girar previsora la vista, y saber que no hay nadie. Agacharse. Enrollar el vestido, dejar en las rodillas la mínima blancura de la tela, su felpa y el fruncido que abraza la cintura y las ingles.
Mojar con el chorro dorado, tibio y dulce la tierra tan reseca de agosto, el desamparo sutil de las hormigas en la hollada palidez de los henos.
Mezclar su fragancia espumosa con el verde vapor denso de mayo, sus alados murmullos, la espantada carrera de los grillos.
Y en invierno, elevar un aliento de nube caldeada, aspirando el helor de hoja fría del aire.
Orinar era un rito pequeño de dulzura en el campo.
(De Fisterra, Libertarias, Madrid 1992)