No sé de donde regresó el anhelo De volver a cantar como en el tiempo en que tenía entre mi puño el cielo Y con una perla azul el pensamiento.
De una enlutada nube, la centella, Súbito pez, hendió la noche cálida Y en mí se abrió de nuevo la crisálida Del verso alado y su bruñida estrella.
Ahora ya es el hino centelleante Que alza hasta Dios la ofrenda poderosa De su bruñida lanza de diamante.
Unidad de la luz sobre la rosa. Y otra vez la conquista alucinante De la eterna poesía victoriosa.
Salvaje
Bebo el agua limpia y clara del arroyo y vago por los campos teniendo por apoyo un gajo de algarrobo liso, fuerte y pulido que en sus ramas sostuvo la dulzura de un nido.
Así paso los días, morena y descuidada, sobre la suave alfombra de la grama aromada. Comiendo de la carne jugosa de las fresas o en busca de fragantes racimos de frambuesas.
Mi cuerpo está impregnado del aroma ardoroso de los pastos maduros. Mi cabello sombroso esparce, al destrenzarlo, olor a sol y a heno, a savia, a yerbabuena y a flores de centeno.
¡Soy libre, sana, alegre, juvenil y morena, cual si fuera la diosa del trigo y de la avena! ¡Soy casta como Diana y huelo a hierba clara nacida en la mañana!
¿Sueño?
¡Beso que ha mordido mi carne y mi boca con su mordedura que hasta el alma toca! ¡Beso que me sorbe lentamente vida como una incurable y ardorosa herida!
¡Fuego que me quema sin mostrar la llama y que a todas horas por más fuego clama! ¿Fue una boca bruja o un labio hechizado el que con su beso mi alma ha llagado?
¿Fue un sueño o vigilia que hasta mí llegó el que entre sus labios mi alma estrujó? Calzaré sandalias de bronce e iré
a donde esté el mago que cura me dé. ¡Secadme esta llaga, vendadme esta herida que por ella en fuga se me va la vida!
Supremo triunfo
Estoy ahora impregnada toda yo de dulzura. Desde que me besaste, toda yo soy amor. Y en la vida y la muerte, en lecho y sepultura, ya no seré otra cosa que amor, amor, amor….
En la carne y el alma, en la sombra y los huesos, ya no tendré más nunca otro olor y sabor, que el sabor y el perfume que he absorbido a tus besos; me has dado una fragancia, tersa y viva, de flor.
Hasta el último átomo de mi piel es aroma, ¡oh mortal podredumbre, te he vencido talvez! Eres mi hermano , ¡Oh lirio! Eres mi hermana ¡oh poma! Desde que él me besara, rosa mi cuerpo es.
Te doy mi alma desnuda…
Te doy mi alma desnuda, como estatua a la cual ningún cendal escuda.
Desnuda como el puro impudor de un fruto, de una estrella o una flor;
de todas esas cosas que tienen la infinita serenidad de Eva antes de ser maldita.
De todas esas cosas, frutos, astros y rosas.
Que no sienten vergüenza del sexo sin celajes y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.
¡Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena que tuviera una intensa blancura de azucena!
¡Desnuda, y toda abierta de par en par por el ansia de amar!
«Toilette» suprema
Bajo el encanto sombrío de la tarde de tormenta hay trazos de luz violenta en la amatista del río. Y siento la tentación de hundir mi cuerpo en la oscura agua quieta que fulgura bajo el cielo de crespón.
Intensa coquetería del contraste con la onda que hará mi carne más blonda entre su gasa sombría. Rara y divina «toalé« que en la penumbra amatista dará una gracia imprevista a mi cuerpo rosa-té.
Ninguna tela más bella En su pliegue ha de envolverme. ¡Nunca tornarás a verme Con tal blancura de estrella! Jamás caprichoso azar ha dado, a ninguna amante, un lecho más fulgurante bajo el amado mirar.
Deja que el río me vista con sus largos pliegues lilas, y guarda en tus dos pupilas, junto al fondo de amatista, la visión loca y suprema de mi cuerpo embellecido por el oscuro vestido y la sombría diadema.
Vida aldeana
Iremos por los campos, de la mano, a través de los bosques y los trigos, entre rebaños cándidos y amigos, sobre la verde placidez del llano,
para comer el fruto dulce y sano de las rústicas vides y los higos que coronan las tunas. Como amigos partiremos el pan, la leche, el grano.
Y en las mágicas noches estrelladas, bajo la calma azul, entrelazadas las manos, y los labios temblorosos,
renovaremos nuestro muerto idilio, y será como un verso de Virgilio vivido ante los astros luminosos.