Amor

Amor

Amor… única llama que me queda de Dios en el sendero cierto de lo incierto.

Aquí, desesperada, me contemplo la vida en un hueco del tiempo.

Entrecortando pasa el sendero de luz que esperancé de sueño.

¡Oh mañanas azules que se quedaron muertas, volando en el espacio!

¡Oh anudada caricia que amaneces dispersa, cuando despierta el cuerpo!

¡Oh querer desterrarme de mis pasos turbados…! ¡Multiplican en ecos!

Aquí, junto al continuo gravitar de la nada, ¡cómo asaltan mi espíritu los silencios más yermos!

Mi esperanza es un viaje flotando entre sí misma… Es una sombra vaga sin ancla y sin regreso.

Mis espigas no quieren germinar al futuro. ¡Oh el peso del ambiente! ¡Oh el peso del destierro!

¡Amor…! Hasta la leve ronda de tu voz perturbada, me partió la ola blanca que quedaba en mi pecho.

Armonía de la palabra y el instinto

Todo fue maravilla de armonías en el gesto inicial que se nos daba entre impulsos celestes y telúricos desde el fondo de amor de nuestras almas.

Hasta el aire espigóse en levedades cuando caí rendida en tu mirada; y una palabra, aún virgen en mi vida, me golpeó el corazón, y se hizo llama en el río de emoción que recibía, y en la flor de ilusión que te entregaba.

Un connubio de nuevas sensaciones elevaron en luz mi madrugada. Suaves olas me alzaron la conciencia hasta la playa azul de tu mañana, y la carne fue haciéndose silueta a la vista de mi alma libertada.

Como un grito integral, suave y profundo estalló de mis labios la palabra; Nunca tuvo mi boca mas sonrisas, ni hubo nunca más vuelo en mi garganta!

En mi suave palabra, enternecida, me hice toda en tu vida y en tu alma; y fui grito impensado atravesando las paredes del tiempo que me ataba; y fui brote espontáneo del instante; y fui estrella en tus brazos derramada.

Me di toda, y fundiéndome por siempre en la armonía sensual que tu me dabas; y la rosa emotiva que se abría en el tallo verbal de mi palabra, uno a uno fue dándote sus pétalos, mientras nuestros instintos se besaban.