Te han condenado. Una oración, como limosna insuficiente, ha caído sobre la tapa de tu féretro. Te han condenado, Edith, por no querer ser la excepción que confirma la regla. Porque querías, tú, gorrión de la calle, ser la regla. Porque intentabas salirte de la calle. Te han condenado como si Dios no fuese amor. El dedo ejemplar -una uña sucia, como si lo viera- se alzó sobre tu frente y mostró al mundo que sólo esa limosna- por sí acaso…- merecías.
De nuevo a la intemperie. Esta vez “ a la calle” te han dicho. A la calle amarilla de los muertos, sin Senas, sin flores, sin guitarras.
Pero tú, Edith, sonreirás. Tuviste ya tu infierno al borde de la cuna: sabes lo que un niño criado con alcohol. Edith, mystère Piaf, rezabas no al morir, al cantar; y sin saber por qué, por quién acaso. Ahora es cuando cantas en la inmensa calle de Dios, alegremente, Edith, mystére Piaf.