¿Qué dijo? ¿Qué decía? Palabras, eso sí, palabras eran, pero ¿qué palabras? Caían sobre una mesa. Y había luz. Una luz muy oscura. Ahora las manos se agrietaron buscando los sonidos, revolviendo agujeros, bolsillos falsos, nidos abandonados, hojitas de musgo y hojas secas: todo lo quieto. Sacude los recursos para encubrir, por si cayeran, las palabras, al suelo, con un sonido comprensible.
Pregunta a los árboles del más allá, de vez en cuando, si se acuerda, al llanto de los helechos y a la nuez en que la luz, copo de fe, se encierra. Porque asegura que las oyó y eran como rastrojos, nudos de alambre, manzanas podridas y un rostro volcando todo eso, echando todo eso, tan frío, en la nuca inocente. Y helaba la dulzura. ¿Dónde se han escondido? ¿Desde dónde la miran, las palabras, agazapadas, riéndose de que no las encuentre, tan torpe? Que se muera buscándolas, dirán. Tal vez al otro lado…