De "Bustos y Rimas"

De “Bustos y Rimas”

1. A la belleza

¡Oh, divina belleza! Visión casta de incógnito santuario, ya muero de buscarte por el mundo sin haberte encontrado. Nunca te han visto mis inquietos ojos, pero en el alma guardo intuición poderosa de la esencia que anima tus encantos. Ignoro en qué lenguaje tú me hablas, pero, en idioma vago, percibo tus palabras misteriosas y te envío mis cantos. Tal vez sobre la tierra no te encuentre, pero febril te aguardo, como el enfermo, en la nocturna sombra, del sol el primer rayo. Yo sé que eres más blanca que los cisnes, más pura que los astros, fría como las vírgenes y amarga cual corrosivos ácidos. Ven a calmar las ansias infinitas que, como mar airado, impulsan el esquife de mi alma hacia país extraño. Yo sólo ansío, al pie de tus altares, brindarte en holocausto la sangre que circula por mis venas y mis ensueños castos. En las horas dolientes de la vida tu protección demando, como el niño que marcha entre zarzales tiende al viento los brazos. Quizás como te sueña mi deseo estés en mí reinando, mientras voy persiguiendo por el mundo las huellas de tu paso. Yo te busqué en el fondo de las almas que el mal no ha mancillado y surgen del estiércol de la vida cual lirios de un pantano. En el seno tranquilo de la ciencia que, cual tumba de mármol, guarda tras la bruñida superficie podredumbre y gusanos. En brazos de la gran Naturaleza, de los que huí temblando cual del regazo de la madre infame huye el hijo azorado. En la infinita calma que se aspira en los templos cristianos como el aroma sacro de incienso en ardiente incensario. En las ruinas humeantes de los siglos, del dolor en los antros y en el fulgor que irradian las proezas del heroísmo humano. Ascendiendo del Arte a las regiones sólo encontré tus rasgos de un pintor en los lienzos inmortales y en las rimas de un bardo. Mas como nunca en mi áspero sendero cual te soñé te hallo, moriré de buscarte por el mundo sin haberte encontrado. * * *

2. Crepuscular

Como vientre rajado sangra el ocaso, manchando con sus chorros de sangre humeante de la celeste bóveda el azul raso, de la mar estañada la onda espejeante.

Alzan sus moles húmedas los arrecifes donde el chirrido agudo de las gaviotas, mezclado a los crujidos de los esquifes, agujerea el aire de extrañas notas.

Va la sombra extendiendo sus pabellones, rodea el horizonte cinta de plata, y, dejando las brumas hechas jirones, parece cada faro flor escarlata.

Como ramos que ornaron senos de ondinas y que surgen nadando de infecto lodo, vagan sobre las ondas algas marinas impregnadas de espumas, salitre y yodo.

Ábrense las estrellas como pupilas, imitan los celajes negruzcas focas y, extinguiendo las voces de las esquilas, pasa el viento ladrando sobre las rocas. * * *

3. En el campo

Tengo el impuro amor de las ciudades, y a este sol que ilumina las edades prefiero yo del gas las claridades.

A mis sentidos lánguidos arroba, más que el olor de un bosque de caoba, el ambiente enfermizo de una alcoba.

Mucho más que las selvas tropicales, plácenme los sombríos arrabales que encierran las vetustas capitales.

A la flor que se abre en el sendero, como si fuese terrenal lucero, olvido por la flor de invernadero.

Más que la voz del pájaro en la cima de un árbol todo en flor, a mi alma anima la música armoniosa de una rima.

Nunca a mi corazón tanto enamora el rostro virginal de una pastora como un rostro de regia pecadora.

Al oro de las mies en primavera, yo siempre en mi capricho prefiriera el oro de teñida cabellera.

No cambiara sedosas muselinas por los velos de nítidas neblinas que la mañana prende en las colinas.

Más que al raudal que baja de la cumbre, quiero oír a la humana muchedumbre gimiendo en su perpetua servidumbre.

El rocío que brilla en la montaña no ha podido decir a mi alma extraña lo que el llanto al bañar una pestaña.

Y el fulgor de los astros rutilantes no trueco por los vívidos cambiantes del ópalo la perla o los diamantes. * * *

4. Las alamedas

Adoro las sombrías alamedas donde el viento al silbar entre las hojas oscuras de las verdes arboledas, imita de un anciano las congojas;

donde todo reviste vago aspecto y siente el alma que el silencio encanta, más suave el canto del nocturno insecto, más leve el ruido de la humana planta;

donde el caer de erguidos surtidores las sierpes de agua en las marmóreas tazas, ahogan con su canto los rumores que aspira el viento en las ruidosas plazas;

donde todo se encuentra adolorido o halla la savia de la vida acerba, desde el gorrión que pía en su nido hasta la brizna lánguida de yerba;

donde, al fulgor de pálidos luceros, la sombra transparente del follaje parece dibujar en los senderos negras mantillas de sedoso encaje;

donde cuelgan las lluvias estivales de curva rama diamantino arco, teje la luz deslumbradores chales y fulgura una estrella en cada charco.

Van allí, con sus tristes corazones, pálidos seres de sonrisa mustia, huérfanos para siempre de ilusiones y desposados con la eterna angustia.

Allí, bajo la luz de las estrellas, errar se mira al soñador sombrío que en su faz lleva las candentes huellas de la fiebre, el insomnio y el hastío.

Allí en un banco, humilde sacerdote devora sus pesares solitarios, como el marino que en desierto islote echaron de la mar vientos contrarios.

Allí el mendigo, con la alforja al hombro, doblado el cuello y las miradas bajas, retratado en sus ojos el asombro, rumia de los festines las migajas.

Allí una hermosa, con cendal de luto, aprisionado por brillante joya, de amor aguarda el férvido tributo como una dama típica de Goya.

Allí del gas a las cobrizas llamas no se descubren del placer los rastros y a través del calado de las ramas más dulce es la mirada de los astros. * * *

5. Neurosis

Noemí, la pálida pecadora de los cabellos color de aurora y las pupilas de verde mar, entre cojines de raso lila, con el espíritu de Dalila, deshoja el cáliz de un azahar.

Arde a sus plantas la chimenea donde la leña chisporrotea lanzando en tono seco rumor, y alzada tiene su tapa el piano en que vagaba su blanca mano cual mariposa de flor en flor.

Un biombo rojo de seda china abre sus hojas en una esquina con grullas de oro volando en cruz, y en curva mesa de fina laca ardiente lámpara se destaca de la que surge rosada luz.

Blanco abanico y azul sombrilla, con unos guantes de cabritilla yacen encima del canapé, mientras en la tapa de porcelana, hecha con tintes de la mañana, humea el alma verde del té.

Pero ¿qué piensa la hermosa dama? ¿Es que su príncipe ya no la ama como en los días de amor feliz, o que en los cofres del gabinete ya no conserva ningún billete de los que obtuvo por un desliz?

¿Es que la rinde cruel anemia? ¿Es que en sus búcaros de Bohemia rayos de luna quiere encerrar, o que, con suave mano de seda, del blanco cisne que ama Leda ansía las plumas acariciar?

¡Ay! es que en horas de desvarío para consuelo del regio hastío que en su alma esparce quietud mortal, un sueño antiguo le ha aconsejdo beber en copa de ónix labrado la roja sangre de un tigre real. * * *

6. Nihilismo

Voz inefable que a mi estancia llega en medio de las sombras de la noche, por arrastrarme hacia la vida brega con las dulces cadencias del reproche.

Yo la escucho vibrar en mis oídos, como al pie de olorosa enredadera los gorjeos que salen de los nidos indiferente escucha herida fiera.

¿A qué llamarme al campo del combate con la promesa de terrenos bienes, si ya mi corazón por nada late ni oigo la idea martillar mis sienes?

Reservad los laureles de la fama para aquellos que fueron mis hermanos: yo, cual fruto caído de la rama, aguardo los famélicos gusanos.

Nadie extrañe mis ásperas querellas: mi vida, atormentada de rigores, es un cielo que nunca tuvo estrellas, es un árbol que nunca tuvo flores.

De todo lo que he amado en este mundo guardo, como perenne recompensa, dentro del corazón, tedio profundo, dentro del pensamiento, sombra densa.

Amor, patria, familia, gloria, rango, sueños de calurosa fantasía, cual nelumbios abiertos entre el fango sólo vivisteis en mi alma un día.

Hacia país desconocido abordo por el embozo del desdén cubierto: para todo gemido estoy ya sordo, para toda sonrisa estoy ya muerto.

Siempre el destino mi labor humilla o en males deja mi ambición trocada: de no verla llegar ya desconfío, y más me tarda cuanto más la ansío y más la ansío cuanto más me tarda.


7. Sourimono

Como rosadas flechas de aljabas de oro vuelan los bambúes finos flamencos, poblando de graznidos el bosque mudo, rompiendo de la atmósfera los níveos velos. El disco anaranjado del sol poniente que sube tras la copa de arbusto seco, finge un nimbo de oro que se desprende del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales cabecean al borde de los riachuelos, como el soplo del aura sobre la playa los mástiles sin velas de esquifes viejos.


8. Tardes de lluvia

Bate la lluvia la vidriera y las rejas de los balcones, donde tupida enredadera cuelga sus floridos festones.

Bajo las hojas de los álamos que estremecen los vientos frescos, piar se escucha entre sus tálamos a los gorriones picarescos.

Abrillántase los laureles, y en la arena de los jardines sangran corolas de claveles, nievan pétalos de jazmines.

Al último fulgor del día que aún el espacio gris clarea, abre su botón la peonía, cierra su cáliz la ninfea.

Cual los esquifes en la rada y reprimiendo sus arranques, duermen los cisnes en bandada a la margen de los estanques.

Parpadean las rojas llamas de los faroles encendidos, y se difunden por las ramas acres olores de los nidos.

Lejos convoca la campana, dando sus toques funerales, a que levante el alma humana las oraciones vesperales.

Todo parece que agoniza y que se envuelve lo creado en un sudario de ceniza por la llovizna adiamantado.

Yo creo oír lejanas voces que, surgiendo de lo infinito, inícianme en extraños goces fuera del mundo en que me agito.

Veo pupilas que en las brumas dirígenme tiernas miradas, como si de mis ansias sumas ya se encontrasen apiadadas.

Y, a la muerte de estos crepúsculos, siento, sumido en mortal calma, vagos dolores en los múscolos, hondas tristezas en el alma.