De "Nieve

De “Nieve

1. Flor de Cieno

Yo soy como una choza solitaria que el viento huracanado desmorona y en cuyas piedras húmedas entona hosco búho su endecha funeraria.

Por fuera sólo es urna cineraria sin inscripción, ni fecha, ni corona; mas dentro, donde el cieno se amontona, abre sus hojas fresca pasionaria.

Huyen los hombres al oír el canto del búho que en la atmósfera se pierde, y, sin que sepan reprimir su espanto,

no ven que, como planta siempre verde, entre el negro raudal de mi amargura guarda mi corazón su esencia pura. * * *

2. Flores

Mi corazón fue un vaso de alabastro donde creció, fragante y solitaria, bajo el fulgor purísimo de un astro una azucena blanca: la plegaria.

Marchita ya esa flor de suave aroma, cual virgen consumida por la anemia, hoy en mi corazón su tallo asoma una adelfa purpúrea: la blasfemia. * * *

3. La agonía de Petronio

Tendido en la bañera de alabastro donde serpea el purpurino rastro de la sangre que corre de sus venas, yace Petronio, el bardo decadente, mostrando coronada la ancha frente de rosas, terebintos y azucenas.

Mientras los magistrados le interrogan, sus jóvenes discípulos dialogan o recitan sus dáctilos de oro, y al ver que aquéllos en tropel se alejan ante el maestro ensangrentado dejan caer las gotas de su amargo lloro.

Envueltas en sus peplos vaporosos y tendidos los cuerpos voluptuosos en la muelle extensión de los triclinios, alrededor, sombrías y livianas, agrúpanse las bellas cortesanas que habitan del imperio en los dominios.

Desde el baño fragante en que aún respira, el bardo pensativo las admira, fija en la más hermosa la mirada y le demanda, con arrullo tierno, la postrimera copa de falerno por sus marmóreas manos escanciada.

Apurando el licor hasta las heces, enciende las mortales palideces que oscurecían su viril semblante, y volviendo los ojos inflamados a sus fieles discípulos amados háblales triste en el postrer instante,

hasta que heló su voz mortal gemido, amarilleó su rostro consumido, frío sudor humedeció su frente, amoratáronse sus labios rojos, densa nube empañó sus claros ojos, el pensamiento abandonó su mente.

Y como se doblega el mustio nardo, dobló su cuello el moribundo bardo, libre por siempre de mortales penas aspirando en su lánguida postura del agua perfumada la frescura y el olor de la sangre de sus venas. * * *

4. Las Horas

¡Qué tristes son las horas! Cual rebaño de ovejas que caminan por el cielo entre el fragor horrísono del trueno, y bajo un cielo de color de estaño.

Cruzan sombrías en tropel huraño, de la insondable Eternidad al seno, sin que me traigan ningún bien terreno, ni siquiera el temor de un mal extraño.

Yo las siento pasar sin dejar huellas, cual pasan por el cielo las estrellas, y aunque siempre la última acobarda,

de no verla llegar ya desconfío, y más me tarda cuanto más la ansío y más la ansío cuanto más me tarda. * * *

5. Nostalgias

1 Suspiro por las regiones donde vuelan los alciones sobre el mar, y el soplo helado del viento parece en su movimiento sollozar;

donde la nieve que baja del firmamento, amortaja el verdor de los campos olorosos y de ríos caudalosos el rumor;

donde ostenta siempre el cielo, a través del aéreo velo, color gris; es más hermosa la luna y cada estrella más que una flor de lis.

2 Otras veces sólo ansío bogar en firme navío a existir en algún país remoto, sin pensar en el ignoto porvenir.

Ver otro cielo, otro monte, otra playa, otro horizonte, otro mar, otros pueblos, otras gentes de maneras diferentes de pensar.

¡Ah! si yo un día pudiera con qué júbilo partiera para Argel, donde tiene la hermosura el color y la frescura de un clavel.

Después fuera en caravana por la llanura africana bajo el sol que, con sus vivos destellos, pone un tinte a los camellos tornasol.

Y cuando el día expirara mi árabe tienda plantara en mitad de la llanura ardorosa inundada de radiosa claridad.

Cambiando de rumbo luego, dejara el país del fuego para ir hasta el imperio florido en que el opio da el olvido del vivir.

Vegetara allí contento de alto bambú corpulento junto al pie, o aspirando en rica estancia la embriagadora fragancia que da el té.

De la luna al claro brillo iría al Río Amarillo a esperar la hora en que, el botón rojo, comienza la flor de loto a brillar.

O mi vista deslumbrara tanta maravilla rara que el buril de artista, ignorado y pobre, graba en sándalo o en cobre o en marfíl.

Cuando tornara el hastío en el espíritu mío a reinar, cruzando el inmenso piélago fuera a taitiano archipiélago a encallar.

A aquél en que vieja historia asegura a mi memoria que se ve el lago en que un hada peina los cabellos de la reina Pomaré.

Así errabundo viviera sintiendo todo quimera rauda huir, y hasta olvidando la hora incierta y aterradora de morir.

3 Mas no parto. Si partiera al instante yo quisiera regresar. ¡Ay! ¿Cuándo querrá el destino que yo pueda en mi camino reposar? * * *

6. Paisaje espiritual

Perdió mi corazón el entusiasmo al penetrar en la mundana liza, cual la chispa al caer en la ceniza pierde el ardor en fugitivo espasmo.

Sumergido en estúpido marasmo mi pensamiento atónito agoniza o, al revivir, mis fuerzas paraliza mostrándome en la acción un vil sarcasmo.

Y aunque no endulcen mi infernal tormento ni la Pasión, ni el Arte, ni la Ciencia, soporto los ultrajes de la suerte,

porque en mi alma desolada siento, el hastío glacial de la existencia y el horror infinito de la muerte. * * *

7. Una maja

Muerden su pelo negro, sedoso y rizo, los dientes nacarados de alta peineta y surge de sus dedos la castañeta cual mariposa negra de entre el granizo.

Pañolón de Manila, fondo pajizo, que a su talle ondulante firme sujeta, echa reflejos de ámbar, rosa y violeta moldeando de sus carnes todo hechizo.

Cual tímidas palomas por el follaje, asoman sus chapines bajo su traje hecho de blondas negras y verde raso,

y al choque de las copas de manzanilla riman con los tacones la seguidilla, perfumes enervantes dejando el paso. * * *

8. Vespertino

1 Agoniza la luz. Sobre los verdes montes alzados entre brumas grises, parpadea el lucero de la tarde cual la pupila de doliente virgen en la hora final. El firmamento que se despoja de brillantes tintes aseméjase a un ópalo grandioso engastado en los negros arrecifes de la playa desierta. Hasta la arena se va poniendo negra. La onda gime por la muerte del sol y se adormece lanzando al viento sus clamores tristes.

2 En un jardín, las áureas mariposas embriagadas están por los sutiles aromas de los cálices abiertos que el sol espolvoreaba de rubíes, esmeraldas, topacios, amatistas y zafiros. Encajes invisibles extienden en silencio las arañas por las ramas nudosas de las vides cuajadas de racimos. Aletean los flamencos rosados que se irguen después de picotear las fresas rojas nacidas entre pálidos jazmines. Graznan los pavos reales. Y en un banco de mármoles bruñidos, que recibe la sombra de los árboles coposos, un joven soñador está muy triste, viendo que el aura arroja en un estanque jaspeado de metálicos matices, los pétalos fragantes de los lirios y las plumas sedosas de los cisnes.