Humana

Humana

Hermosa y sana, en el pasado estío, murmuraba en mi oído, sin espanto: “Yo quisiera morirme, amado mío; más que el mundo me gusta el camposanto”.

Y de fiebre voraz bajo el imperio, moribunda ayer tarde, me decía: “No me dejes llevar al cementerio… Yo no quiero morirme todavía…”

¡Oh, Señor… y qué frágiles nacimos! ¡Y qué variables somos y seremos! ¡Si la tumba está lejos… la pedimos! ¡Pero si cerca está…no la queremos!

Idilio eterno

Ruge el mar, se encrespa y se agiganta; la luna, ave de luz, prepara el vuelo y en el momento en que la faz levanta, da un beso al mar, y se remonta al cielo.

Y aquel monstruo indomable, que respira tempestades, y sube y baja y crece, al sentir aquel ósculo, suspira… y en su cárcel de rocas… se estremece!

Hace siglos de siglos que, de lejos, tiemblan de amor en noches estivales; ella le da sus límpidos reflejos, él le ofrece sus perlas y corales.

Con orgullo se expresan sus amores estos viejos amantes afligidos; Ella le dice «¡te amo!» en sus fulgores, y él responde «¡te adoro!» en sus rugidos.

Ella lo aduerme con su lumbre pura, y el mar la arrulla con su eterno grito y le cuenta su afán y su amargura con una voz que truena en lo infinito.

Ella, pálida y triste, lo oye y sube le habla de amor en su celeste idioma, y, velando la faz tras de la nube, le oculta el duelo que a su frente asoma.

Comprende que su amor es imposible, que el mar la acopia en su convulso seno, y se contempla en el cristal movible del monstruo azul, en que retumba el trueno.

Y, al descender tras de la sierra fría, le grita el mar: «¡en tu fulgor me abraso!» ¡no desciendas tan pronto, estrella mía! ¡estrella de mi amor, detén el paso!

¡Un instante mitiga mi amargura, ya que en tu lumbre sideral me bañas! ¡no te alejes!… ¿no ves tu imagen pura, brillar en el azul de mis entrañas?”

Y ella exclama, en su loco desvarío: «¡Por doquiera la muerte me circunda! ¡Detenerme no puedo monstruo mío! ¡Compadece a tu pobre moribunda!

¡Mi último beso de pasión te envío; mi postrer lampo a tu semblante junto!…» Y en las hondas tinieblas del vacío, hecha cadáver se desploma al punto.

Entonces, el mar, de un polo al otro polo, al encrespar sus olas plañideras, inmenso, triste, desvalido y solo, cubre con sus sollozos las riberas.

Y al contemplar los luminosos rastros del alba luna en el oscuro velo, tiemblan, de envidia y de dolor, los astros en la profunda soledad del cielo.

¡Todo calla!… El mar duerme, y no importuna con sus gritos salvajes de reproche; ¡y sueña que se besa con la luna en el tálamo negro de la noche!

Justicia

Cuentan que un rey soberbia y corrompido cerca del mar, con su conciencia a solas, sobre la playa se quedó dormido; y agregan que aquel mar lanzó un rugido y sepultó al infame entre sus olas!

Hoy, bien hacéis ¡oh déspotas del mundo! en estar con los ojos siempre abiertos… porque el pueblo es un mar, y un mar profundo que piensa, que castiga y que, iracundo, os puede devorar. ¡Vivid despiertos!

La gran tristeza

Una inmensa agua gris, inmóvil, muerta, sobre un lúgubre páramo tendida; a trechos, de algas lívidas cubierta; ni un árbol, ni una flor, todo sin vida, ¡todo sin alma en la extensión desierta!

Un punto blanco sobre el agua muda, sobre aquella agua de esplendor desnuda, se ve brillar en el confín lejano: es una garza inconsolable, viuda, que emerge como un lirio del pantano.

Entre aquella agua, y en lo más distante, ¿esa ave taciturna en qué medita? ¡No ha sacudido el ala un solo instante, y allí parece un vivo interrogante que interroga a la bóveda infinita!

Ave triste, responde: Alguna tarde en que rasgabas el azul de enero con tu amante feliz, haciendo alarde de tu blancura, ¿el cazador cobarde hirió de muerte al dulce compañero?

¿O fue que al pie del saucedal frondoso, donde con él soñabas y dormías, al recio empuje de huracán furioso, rodó en las sombras el alado esposo sobre las secas hojarascas frías?

¿O fue que huyó el ingrato, abandonando nido y amor, por otras compañeras, y tú, cansada de buscarlo, amando como siempre, lo esperas sollozando, o perdida la fe… ya no lo esperas?

Dime: ¿Bajo la nada de los cielos, alguna noche la tormenta impía cayó sobre el juncal, y entre los velos de la niebla, sin vida tus polluelos flotaron sobre el agua… al otro día?

¿Por qué ocultas ahora la cabeza en el rincón del ala entumecida? ¡Oh, cuán solos estamos!… Ve, ya empieza a anochecer: ¡Qué igual es nuestra vida!… Nuestra desolación!… ¡Nuestra tristeza!

¿Por qué callas? La tarde expira, llueve, y la lluvia tenaz deslustra y moja tu acolchado plumón de raso y nieve. ¡Huérfano soy!… ¡La garza no se mueve… y el sol ha muerto entre su fragua roja!

Madrigal

¿Me quieres?… ¡Que tu acento me lo diga ante aquel sol que muere en el ocaso! Tú, que mitigas mi pesar… ¡mitiga esta fiebre voraz en que me abraso!

Tembló su labio y balbució: ¡Lo juro!

Sus tachonadas puertas entreabría la muda noche en la extensión vacía: y en mi espíritu lóbrego y oscuro… en aquel mismo instante amanecía!

Naufragio

Lloró cuando la dije: adiós mi vida; y al través de las gotas de su llanto, sus inquietas pupilas parecían dos góndolas azules naufragando.

¡Oh luna!

Melancólica reina pudibunda que vagas por los ámbitos del cielo como un místico témpano de hielo entre la negra oscuridad profunda.

En esta noche en que tu faz circunda un halo transparente como el velo de las vírgenes novias, un anhelo, azul y enorme como el mar, me inunda.

¿Sabes lo que mi espíritu ambiciona en esta noche de noviembre, fría, en que el cierzo las tumbas desmorona?

Que bajes de la bóveda sombría, y pongas esa sideral corona sobre el sepulcro de la madre mía.

¿Quién oye?

De noche, bajo el cielo desolado, pienso en tu amor y pienso en tu abandono, ¡y miro en mi interior deshecho el trono que te alcé como a un ídolo sagrado!

¡Al ver mi porvenir despedazado por tu infidelidad, crece mi encono! Mas, como sé que sufres, te perdono… ¡Oh, tú jamás me hubieras perdonado!

Mis lágrimas, en trémulo derroche, ruedan al fin, y luego, en inaudito arranque, a Dios elevo mi reproche…

¡Pero se pierde entre el negror mi grito y sólo escucho, en medio de la noche, del silencio el monólogo infinito!

Resurrecciones

Algo se muere en mi todos los días; la hora que se aleja me arrebata, del tiempo en insonora catarata, salud, amor, ensueños y alegrías.

Al evocar las ilusiones mías, Pienso: «¡yo, no soy yo!» ¿por qué, insensata, la misma vida con su soplo mata mi antiguo ser, tras lentas agonías?

Soy un extraño ante mis propios ojos, un nuevo soñador, un peregrino que ayer pisaba flores y hoy… abrojos.

Y en todo instante, es tal mi desconcierto, que, ante mi muerte próxima, imagino que muchas veces en la vida… he muerto.

Sus ojos se entornaron

Sus ojos se entornaron; sobre los blancos hielos de las altivas cumbres agonizaba el sol; y de las densas brumas tras de los amplios velos quedó flotando, a solas, inmóvil, en los cielos, el lívido cadáver del último arrebol.

La luna, como un arco de nívea luz cuajada, subió con lento paso del infinito en pos; y entonces, reclinando la frente inmaculada sobre mi pecho -¡mira!- me dijo mi adorada- ¡qué barca tan hermosa para bogar los dos!

Hoy…“ella” ya no existe! Bajo un rosal florido descansa la que un día me dió luz y calor; mas desde aquella tarde, contemplo, entristecido, la luna, cuando sóla, como un bajel perdido en el azul derrama su gélido fulgor.

Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!

Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte! Nunca se satisface ni alcanza la dulce posesión de una esperanza cuando el deseo acósanos más fuerte.

Todo puede llegar: pero se advierte que todo llega tarde: la bonanza, después de la tragedia: la alabanza cuando ya está la inspiración inerte.

La justicia nos muestra su balanza cuando su siglos en la Historia vierte el Tiempo mudo que en el orbe avanza;

Y la gloria, esa ninfa de la suerte, solo en las sepulturas danza. Todo nos llega tarde… ¡hasta la muerte!

Tú no sabes amar; ¿acaso intentas…

Tú no sabes amar; ¿acaso intentas darme calor con tu mirada triste? El amor nada vale sin tormentas, ¡sin tempestades… el amor no existe!

Y sin embargo, ¿dices que me amas? No, no es el amor lo que hacia mí te mueve: el Amor es un sol hecho de llamas, y en los soles jamás cuaja la nieve.

¡El amor es volcán, es rayo, es lumbre, y debe ser devorador, intenso, debe ser huracán, debe ser cumbre… debe alzarse hasta Dios como el incienso!

¿Pero tú piensas que el amor es frío? ¿Que ha de asomar en ojos siempre yertos? ¡Con tu anémico amor… anda, bien mío, anda al osario a enamorar los muertos!

Tus ojos

Ojos indefinibles, ojos grandes, como el cielo y el mar hondos y puros, ojos como las selvas de los Andes: misteriosos, fantásticos y oscuros.

Ojos en cuyas místicas ojera se ve el rostro de incógnitos pesares, cual se ve en la aridez de las riberas la huella de las ondas de los mares.

Miradme con amor, eternamente, ojos de melancólicas pupilas, ojos que semejáis bajo su frente, pozos de aguas profundas y tranquilas.

Miradme con amor, ojos divinos, que adornáis como soles su cabeza, y, encima de sus labios purpurinos, parecéis dos abismos de tristeza.

Miradme con amor, fúlgidos ojos, y cuando muera yo, que os amo tanto verted sobre mis lívidos despojos, el dulce manantial de vuestro llanto!

Visión

¿Eres un imposible? ¿Una quimera? ¿Un sueño hecho carne, hermosa y viva? ¿Una explosión de luz? Responde esquiva maga en quien encarnó la primavera.

Tu frente es lirio, tu pupila hoguera, tu boca flor en donde nadie liba la miel que entre sus pétalos cautiva al colibrí de la pasión espera.

¿Por qué sin tregua, por tu amor suspiro, si no habré de alcanzar ese trofeo? ¿Por qué llenas el aire que respiro?

En todas partes te halla mi deseo: los ojos abro y por doquier te miro; cierro los ojos y entre mí te veo.

Y no temblé al mirarla! El tiempo había…

¡Y no temblé al mirarla! El tiempo había su tez apenas marchitado; hacía tanto… que ni de lejos la veía…

Vago tinte de aurora su semblante inundó de repente, en el instante en que me vio tan cerca… y tan distante!…

Las luchas interiores, no los años, revelaban también sus desengaños, que absortos tuvo a todos los extraños.

Llevaba en el regazo un pobre niño, trémulo y silencioso y sin aliño, pero bello, y más blanco que un armiño.

¡Todo lo adiviné!… y aquella hermosa que fue hasta ayer inmaculada rosa, única a quien llamado hubiera esposa…

pero que nunca a mi reclamo vino, que me odió y en mi lóbrego camino del desprecio glacial sembró el espino;

aquella esquiva flor que en una grieta de mis ruinas nació, cual la violeta, y a un tiempo me hizo pérfido y poeta,

en el momento en que los rayos rojos del triste sol de ocaso, los despojos de la tarde alumbraban, de sus ojos

vertió al bajar del tren, como rocío, un diluvio de lágrimas… ¡Dios mío! Pero yo estaba como el mármol… ¡frío!