Huyeron las golondrinas de tus alegres balcones; ya en la selva no hay canciones sino lluvias y neblinas.
Me dan pesar sus espinas sólo porque a otras regiones huyeron las golondrinas de tus alegres balcones.
Insondables aflicciones se posan entre las ruinas de mis ya muertas pasiones. ¡Ay, que con las golondrinas huyeron mis ilusiones!
Hermosa y sana, en el pasado estío, murmuraba en mi oído, sin espanto: “Yo quisiera morirme, amado mío; más que el mundo me gusta el camposanto”.
Y de fiebre voraz bajo el imperio, moribunda ayer tarde, me decía: “No me dejes llevar al cementerio… Yo no quiero morirme todavía…”
¡Oh, Señor… y qué frágiles nacimos! ¡Y qué variables somos y seremos! ¡Si la tumba está lejos… la pedimos! ¡Pero si cerca está…no la queremos!