Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces.
En labios amarillos la negación florece. Pero existe un nogal donde habita el invierno.
Un lejano nogal, doblado sobre el agua, a donde acuden a morir los guerreros más viejos.
En un mismo exterior se deshacen los días y la desolación corroe los signos del suicidio:
globos entre las ramas del silencio y un animal sin nombre que se espesa en mi rostro.
El río traía a veces zapatos de mujeres entre las hojas tiernas y los troncos muertos.
Pero nosotros cruzábamos los puentes con canciones y pañuelos de azafrán.
Y, en el verano, colgábamos pendientes de cerezas en las orejas de la amada.
Más allá, en su memoria, los ciervos se incendiaban como flechas de sangre:
veloces en sus ojos azules y lejanos; rojos en sus cabellos heridos por la bruma.
De nuevo llega el mes de las avellanas y el silencio.
Otra vez se alargan las sombras de las torres la plenitud azul del huerto familiar.
Y en la noche se escucha el grito desolado de las frutas silvestres.
Sé muy bien que éste es el mes de la desesperanza.
Sé muy bien que, tras los mimbres lánguidos del río, acecha un animal de nieve.
Pero era en este mes cuando buscábamos orégano y genciana, flores moradas para aliviar las piernas abrasadas de las madres.
Y recibo el recuerdo como una lenta lluvia de avellanas y silencio.
Todo lo aprendí de quien nunca fue amado: la nieve y el silencio y el grito de los bosques cuando muere el verano.
O aquella canción celta que Kerstin me cantaba:
¿Quién puede navegar sin velas? ¿Quién puede remar sin remos? ¿Quién puede despedirse de su amor sin llorar?
Pero ahora ya la nieve sustenta mi memoria. Y el silencio se espesa tras los bosques doloridos y profundos del invierno.
Por eso puedo navegar sin velas. Por eso puedo remar sin remos.
Por eso puedo despedirme de mi amor sin llorar.
En llamas va la leyenda creciendo, en la espiral del humo y las uvas de hierro.
Los ojos de la anciana son blancos como nieve: cien años hace ya que no nos mira.
Sólo por no olvidar el viejo río de los muertos.
Sólo por no olvidar su cuajada esperanza.
Sólo por no olvidar las lánguidas riberas del país de las abejas.
Sólo por no olvidar, cien años hace ya que no nos mira.
Inútil es volver a los lugares olvidados y perdidos, a los paisajes y símbolos sin dueño.
No hay allí ya liturgias milenarias. Ni aceite fermentado en ánforas de barro.
Los ancianos han muerto. Los animales vagan bajo la lluvia negra.
No hay allí sino la lenta elipsis del río de los muertos,
la mansedumbre helada del muérdago cortado, de los paisajes abrasados por el tiempo.
¿Qué espero aún de la espiral del tiempo, de esos cuernos epílogos que suenan en los bosques?
¿Quién atardece junto a mi corazón helado?
Por el paisaje gris de mi memoria, cruzan arrieros sin retorno, pastores y alfareros olvidados, bardos ahogados en el miedo lacustre de sus propias leyendas.
Solo estoy, en esta noche última, coronado de cierzo y flores muertas.
Solo estoy, en esta noche última, como un toro de nieve que brama a las estrellas.