Hacia el norte del golfo puede verse una enorme extensión en la que pierde su azul el mar y lo suplante el ocre. Montañas de basura son las islas que forma el río cuando desemboca; bandadas de gaviotas caen sobre los desperdicios y su griterío acompaña a los lentos petroleros que remontan el río ente la niebla. En estas islas hubo pescadores, hace tiempo, y un faro, cuya torre fue demolida a medias, y ha quedado ciega y gris a merced de las mareas. Yo me acercaba hasta ella muchas veces cruzando los hambrientos cenagales desde el puerto fluvial en el que vivo. Fue después de las torpes madrugadas junto al amigo y la mujer que mienten; en ellas todo parecía hecho para menguar la gracia redentora. A mi espalda quedaba el ancho río con sus destartalados almacenes, su oscura fundición, su factoría, y la ciudad sin torres ni campanas, sin un arco de triunfo ni una estatua, el lugar más hermoso y miserable. A la tarde de nuevo atravesaba los pantanos camino de mi casa. Entraba en la ciudad por una calle contigua a la gran fábrica de hilados y me encontraba siempre con los niños de la tanda de noche que, en hilera, como los prisioneros, cabizbajos, ateridos y sucios, se adentraban en el fragor del nuevo laberinto. Yo meditaba acerca del pecado y de cómo los hombres alimentan con su vida el pecado de los otros. Venía a mí la imagen de una leva permanente y veía cómo eran sacados de sus casas esos niños y veía los tratos de las madres con los sargentos y también a madres que eran zarandeadas y obligadas a entregar a sus hijos, y veía sobre los desconchados de los muros de esas casas el rostro de los nuevos dioses: el campeón de los sofismas y las perplejidades y ese otro, el transformista y bailarín obsceno. De vuelta a casa, desvariaba y todo lo visto e imaginado sucedía en mi alma: en ella se estancaba el agua de este río solemne y miserable que nace de la luz lejana y muere entre los muros de un país sombrío.
De “Las trincheras” 1996
La derrota
A Abelardo y Marie-Christine
Tuve una amarga cita en Muros Negros. El Maligno quería mi cabeza, y yo cerrar su boca para siempre. Fui con todas mis armas a su encuentro. Cuando pasaba por las negras calles las gentes del comercio me insultaban. Esperé más de un año, y se reían al verme inmóvil en la plaza inmensa. Diariamente bardajes y banqueros cumplían su papel contra natura y la prensa alentaba todo fraude. Ninguna cruz había en esa plaza donde la corrupción se subastaba por medio de la imagen y el sonido. El torpe imitador jamás venía, y yo era como estatua en la que orinan los perros y defecan las palomas. Malvendí mi armadura y los arreos para pagar las deudas contraídas con los proveedores de cebada y dejar la ciudad abominable. Entonces proclamaron mi derrota y el pacífico triunfo del Falsario. Su sutil ironía fue ensalzada junto a la fortaleza de sus leyes. Medio dormido sobre mi montura cabalgo por un bosque de ahorcados, mientras me alejo de los negros muros. No sé dónde serán las otras citas. Le ruego a Dios que me conceda fuerzas y combatir de frente al enemigo.