He soñado de nuevo con jinetes...

He soñado de nuevo con jinetes…

He soñado de nuevo con jinetes pesadamente armados. A lo lejos acampan. Vemos la humareda enorme de sus festines y sus grandes sombras. Sabemos que vendrán tarde o temprano, y ante su carga no valdrán las hachas ni las cobardes hoces, ni la astucia. Sobre nuestras espaldas de vencidos golpearán terribles sus espadas. Quisiera desertar, pero me dicen que sé algo de estrategia y que soy joven. Quisiera estar del lado de los otros.

De “Europa” 1988

La torre y los cerdos

Arriba, donde reza la doncella, todo el día es de día; abajo, donde viven los cerdos, es siempre de noche. Hay criados que conocen ambos mundos, pues tienen que subir todos los días para servir a la doncella orante. Otros, los que alimentan a los cerdos, pierden la vista paulatinamente, y lo mismo sucede con los cerdos, incluso algunos nacen ya sin ojos. En tiempo de matanza la doncella sueña con un inmenso mar de sangre al que se asoman altos promontorios formados por los huesos de los cerdos, y sueña que uno de esos cerdos ciegos la empuja y contra el rojo mar la estrella. Esto sucede arriba de la torre, desde la que se ve una tierra inculta cruzada por acequias desecadas y cerrada por anchos y altos setos. Unas lomas impiden que la torre se vea desde lejos, y el viajero que ahora llega sólo puede verla cuando su enorme sombra lo amenaza. Limpiará muchos años las pocilgas y vivirá la vida de los siervos: el promiscuo placer y la torpeza del vino, y su lenguaje serán gritos y blasfemias y en viles altercados se verá envuelto, y perderá su nombre. Un día encontrará una cruz tirada entre los excrementos de los cerdos, una pequeña cruz labrada en oro, que ocultará supersticiosamente ya la que llevará siempre su mano antes de hacer un rápido remedo de señal de la cruz, para escudarse ante un peligro o dar a la conciencia una tregua después de la caída. Pasado el tiempo, no tendrá memoria del error que lo trajo a las pocilgas, ni de por qué vagaba por los campos buscando no se sabe bien qué cosas.

De “Las trincheras” 1996

Las campañas de mayo

Otros recuerdan los jardines falsos del amor y los días en que amaron o creyeron amar, y otros, los libros que leían de niños y marcaron su vida para siempre, ya que nunca pudieron entender cómo es el mundo. Y todos se consuelan de esta forma e incluso se entusiasman cuando sienten que la memoria puede moldearse a voluntad y dar lo que no daban el amor, los jardines y los libros. Yo recuerdo las cosas que no hice: las campañas de mayo sobre todo.

De “Las trincheras” 1996

Los prisioneros

A Lorenzo Martín del Burgo

Él era de una raza de gigantes. Mirábamos sus ojos, y su orgullo nos sojuzgaba. Mucho ponderamos su grandeza de espíritu, su forma de arrastrar las cadenas en la jaula. Era la dignidad y lo inasible, un astro en torno al cual todo giraba. Cuando fue deportado, nuestras vidas perdieron su más clara referencia: allí permanecía aquella jaula, pero sin nuestro superior trofeo, y el tiempo en el cuartel se hizo insufrible. En vano organizarnos correrías, saqueos sistemáticos y asaltos por sorpresa; fue inútil disfrazarnos con harapos y entrar en las ciudades del enemigo y practicar secuestros: ningún botín podía devolvernos la confianza perdida y la victoria dejó de ser hermosa y el combate se convirtió en oficio de asesinos. Vemos la noche desde nuestra jaula y nos imaginamos yermas lunas más lejos cada vez unas de otras y un sol sólo ceniza a la deriva del que también se alejan esas lunas. Entonces la traición de nuestros jefes y todos nuestros crímenes no importan; aunque tarde, aprendemos la renuncia y viene a consolarnos el desprecio.

De “Europa” 1990

Nínive

No soy feliz, ni lo seré venciendo. Ya no quiero vencer. Lanzo la flecha, pero la estéril ansiedad persiste. Mando romper el nervio de los arcos y la ansiedad persiste. Ya me hiere todo rumor y escucho predicciones sobre eclipses e imperios. El insomnio me devuelve un pretérito manchado. La vejez de los dioses es inmensa, y mil generaciones de los hombres alcanzan lo que alcanza su agonía. Los crímenes de un dios jamás prescriben, se arrastran como siglos por los siglos ensuciando los ojos de lo eterno. Todo lo que alcancé ya no me sirve. No quiero ver a la mujer gozada. No quiero ver el campo victorioso. No quiero ver las torres ni los templos. Ni las palabras dichas ya me sirven: escapan sin sentido de mi boca. Todo lo que contemplo se empobrece. Ningún alivio encuentro en los paisajes que los hombres aprecian. Ha salido muchas veces el sol, muchas ha muerto.

De “Europa” 1986

Nunca he visto gozosa a la discordia…

Nunca he visto gozosa a la discordia. No conozco el olor que tiene el campo después de la batalla. Nunca he visto caballos sin jinete entre las picas vagar y entre los muertos. No conozco la voluntad de ser invulnerable ni el estupor que nace con la herida.

De “Europa” 1983

Remedia amoris I

Amigos, el amor me perjudica: no permitáis que caiga nuevamente. Podemos emprender una campaña o el estudio de textos olvidados: algo que me mantenga distraído. No me habléis de la dulce voz de aquélla ni del hermoso talle de esa otra. Quemad todo retrato, ensordecedme, poned sus armas en mis propias manos: si sé el secreto su poder se extingue: ellas son incapaces de ternura.

De “Fragmentos de Europa” 1977-1997

Retirada

Vengan grises caballos por la senda nevada, y un anciano se detiene y ve pasar jinetes y armas oye. Continuamente pasan los soldados, y otra tierra recuerda y otro tiempo. El corazón del viejo se ensombrece mientras las muchas sombras enumera, y otra guerra recuerda y otros hombres.

De “Europa” 1986

Rusia

Me puse a divagar y pensé en Rusia; también pensé que el alma es como Rusia y que son sus fronteras las de Rusia, amenazadas por las mismas hordas. Después pensé en un carro de combate que avanza por la estepa día y noche dejando sus rodadas infinitas en los fangales del primer deshielo. Por su torreta asoma la figura de un hidalgo espectral y delirante que a grandes voces desafía al mundo y pide a Dios la salvación del diablo.

De “Las trincheras” 1996

San Luis

A Violeta

Hay algo noble en todas las espadas. Hay algo noble en todos los jinetes. Y espadas nobles hay en manos regias, y audaces horas y monarcas santos que cabalgan enfermos, poseídos por una gracia que el temor destruye. Ellos nunca quisieron ser los dioses pues Dios era su sueño y su vigilia. Hay espadas que empuña el entusiasmo y jinetes de luz en la hora oscura.

De “Europa” 1986

Sancta María

Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, Majestad y Humildad, impera siempre. Tiro como si fuera un trapo viejo la razón inestable que ayer dijo y dirá lo contrario de inmediato. Olvido los tres siglos de cordura, la mole de palabrería impresa, e intento serte grato nuevamente.

Sólo quiero volver a las trincheras…

Sólo quiero volver a las trincheras, a las trincheras donde nunca estuve. La mañana de nieve, el negro muro, tus palabras de hielo en mis oídos. Sólo quiero volver a la tristeza del frente occidental, que es mi tristeza.

Tartaria

Cuando a mi estéril corazón me vuelvo, por las eternas dudas asolado, pienso en Tartaria, en gélidos desiertos, y una sombra comienza a tomar forma y una forma se encarna lentamente, mientras mi débil voluntad conquista. Desde entonces que el jinete eterno, a quien turban inmensas lejanías, lleno de desazón, se ponga en marcha.