Arriba, donde reza la doncella, todo el día es de día; abajo, donde viven los cerdos, es siempre de noche. Hay criados que conocen ambos mundos, pues tienen que subir todos los días para servir a la doncella orante. Otros, los que alimentan a los cerdos, pierden la vista paulatinamente, y lo mismo sucede con los cerdos, incluso algunos nacen ya sin ojos. En tiempo de matanza la doncella sueña con un inmenso mar de sangre al que se asoman altos promontorios formados por los huesos de los cerdos, y sueña que uno de esos cerdos ciegos la empuja y contra el rojo mar la estrella. Esto sucede arriba de la torre, desde la que se ve una tierra inculta cruzada por acequias desecadas y cerrada por anchos y altos setos. Unas lomas impiden que la torre se vea desde lejos, y el viajero que ahora llega sólo puede verla cuando su enorme sombra lo amenaza. Limpiará muchos años las pocilgas y vivirá la vida de los siervos: el promiscuo placer y la torpeza del vino, y su lenguaje serán gritos y blasfemias y en viles altercados se verá envuelto, y perderá su nombre. Un día encontrará una cruz tirada entre los excrementos de los cerdos, una pequeña cruz labrada en oro, que ocultará supersticiosamente ya la que llevará siempre su mano antes de hacer un rápido remedo de señal de la cruz, para escudarse ante un peligro o dar a la conciencia una tregua después de la caída. Pasado el tiempo, no tendrá memoria del error que lo trajo a las pocilgas, ni de por qué vagaba por los campos buscando no se sabe bien qué cosas. De “Las trincheras” 1996