A Lorenzo Martín del Burgo
Él era de una raza de gigantes. Mirábamos sus ojos, y su orgullo nos sojuzgaba. Mucho ponderamos su grandeza de espíritu, su forma de arrastrar las cadenas en la jaula. Era la dignidad y lo inasible, un astro en torno al cual todo giraba. Cuando fue deportado, nuestras vidas perdieron su más clara referencia: allí permanecía aquella jaula, pero sin nuestro superior trofeo, y el tiempo en el cuartel se hizo insufrible. En vano organizarnos correrías, saqueos sistemáticos y asaltos por sorpresa; fue inútil disfrazarnos con harapos y entrar en las ciudades del enemigo y practicar secuestros: ningún botín podía devolvernos la confianza perdida y la victoria dejó de ser hermosa y el combate se convirtió en oficio de asesinos. Vemos la noche desde nuestra jaula y nos imaginamos yermas lunas más lejos cada vez unas de otras y un sol sólo ceniza a la deriva del que también se alejan esas lunas. Entonces la traición de nuestros jefes y todos nuestros crímenes no importan; aunque tarde, aprendemos la renuncia y viene a consolarnos el desprecio.
De “Europa” 1990