Con la certeza del que nada aguarda abres sin prisa la cancela antigua y escuchas los lentísimos pasos, que no parecen tuyos, en la escalera gris. Ninguna voz te ofrece su calor, andas a oscuras, nada te lleva a tu rincón, ni tan sólo la música, ni los viejos poetas, ni las gastadas cartas de amor son esta noche para ti compañía. Pasan por el recuerdo los perdidos nombres que en otro tiempo honda fe dieron a tu juventud. Llega el rumor del viento, el tedioso vacío de tu vida, y en él te reconoces, porque amas al que fuiste y percibes la ausencia de tus mejores días. Hoy es tu corazón un tacto inútil, lo sabes y no puedes engañarte y aún dejas que la impávida memoria se lleve cuanto amaras, cuanto perdiste en esta tierra estéril: aquel hondo temor que acaso siempre tuviste por la vida: tu fracaso. Pero nada te importa ya, y contemplas por la ventana el árbol más tenaz, llenas tu vaso y piensas: éste es tu patrimonio de hombre solo.