Mirad los valles claros, los tranquilos campos de Dios que abril puro hermosea. Los horizontes donde azules hilos tejen la luz, como ave que aletea.
Ved los hondos paisajes reflejados en el humano que por ellos yerra. Los rostros de los hombres van signados por la limpia hermosura de la tierra.
Como estos encendidos panoramas es el hombre, paisaje en carne ardiente. Como al árbol, el sol dora sus ramas. Como a la tierra, el aire da en su frente.
Sólo una lumbre extraña hay que rubrica su mirada y sombría la convierte, que a un tiempo lo condena y purifica: es la roja azucena de la muerte.