El mar en Santa Bárbara es un claro mastín de espuma. Ladra entre las rocas, lame las finas manos de la arena, va y viene por las conchas, y a los lentos corderos de la tarde hasta el redil del horizonte acosa.
Trae en los dientes algas, juega con viejos corchos, con maderas rotas… Acaso son oscuros, pobres restos de un naufragio remoto. Por las olas viene en la triste tabla carcomida, hecha frío despojo, una congoja humana, un pulso a flote de corazón cegado, una memoria de vidas por un mar ya sin orilla hacia un día que ya no tiene aurora.
Contemplamos el mar. y nos miramos. Tal vez aquí solloza, en esas tablas, un amor, un sueño que aún el olvido arrostra.
Y miramos el mar, cual si sintiéramos que un oscuro naufragio nos convoca, que olas del tiempo y soledad nos lanzan contra arrecifes de tristeza, contra mares de llanto sobre los que pasa su helada mano un cielo sin memoria.