El insinuante almizcle de las bramas se esparcía en el viento, y la oportuna selva estaba olorosa como una mujer. De los extraños panoramas
surgiste en tu cendal de gasa bruna, encajes negros y argentinas lamas, con tus brazos desnudos que las ramas lamían, al pasar, ebrias de luna.
La noche se mezcló con tus cabellos, tus ojos anegáronse en destellos de sacro amor; la brisa de las lomas
te envolvió en el frescor de los lejanos manantiales, y todos los aromas de mi jardín sintetizó en tus manos.