A su espinoso mundo sometida, vive y muere la rosa colorada: su pura soledad, ¡qué bien guardada!, su bandera de amor, ¡qué defendida!
Guerra, pero entre dardos florecida; cielo, mas al arrimo de la espada, si hasta la rosa llega tu mirada, no se le atreve al fin tu mano herida.
Miel indefensa, corazón desnudo que a todo viento, si es de amor, te inclinas, falto a la vez del arma y del escudo,
¡busca ya la milicia cuidadosa! Y que, mortificado en tus espinas, te valga la prudencia de la rosa.
De “Sonetos a Sophía y otros poemas” 1940