Introducción a la oda

Introducción a la oda

Varón callado y hembra silenciosa me dieron la privanza de la tierra: El último yo soy, y el que despunta.

Los hombres de mi sangre cosechaban el mar, pero no levantaron la canción entre peces: Junto al mar el silencio fue sudor de sus años, estela de sus naves y aroma de sus muertes; porque el silencio entonces era un gran corazón que no debe partirse. El Primero y el Último es mi nombre: el último callado y el primero que suena.

En el día sin lanzas, amasé mi canción con un barro durable. Se habían pronunciado las palabras: “Toda canción es flecha de destierro” . Y en el día sin lanzas por encima del hombro disparé mi canción. Fructificaba el árbol con altura de árbol y al sol el buey mugía con altura de buey; pero mi voz, ¡oh, duelo!, era más alta que mi altura de hombre.

Y la muerte del árbol estaba más distante que la muerte del buey; pero mi muerte ya era un fuego vivo y era mi canto el humo de mi muerte.

(Esta canción tiene los pies de niño y el corazón del hombre: pie que gira en el baile de la hoguera, corazón que redobla en la danza del humo.)

¡Qué bien pesaban en la tierra el árbol y el hombre y sus pacientes animales! La longitud era canción, la latitud era canción y era canción la altura.

Tres canciones atadas componían el mundo y al hombre y sus pacientes animales. ¡Oh, geometría en todo su verdor! ¡Oh, fuertes ataduras en el día sin lanzas!

Pero mi voz crecía por sobre mi cabeza y un nudo se soltaba en mi canción. De “Odas para el hombre y la mujer” 1929