En el corazón del silencio los hombres clavan sus pasos.
Cada talón golpea la bigomia del mundo. Se tejen las pisadas en collares de fuga y el tiempo, castigado de invisibles otoños, en los caminos hace llover sus hojas muertas.
En el uso del hombre se fatiga el silencio. Las rutas envejecen con el paso del hombre. ¡La luz abrió sus párpados un día! El sol gimnasta pudo saltar la cuerda floja de un horizonte niño.
Sobre el navío errante de las noches el Milagro calzó grandes botas piratas.
Un dios-viento solía desmontar junto al hombre y ataba su caballo de música en la tierra: contrabandista de pájaros o arriero de tormentas, contó sus episodios en la ruta del aire.
Nombraba lejanías durmientes en cunas de estupor, sin desflorar aún y deseosas de una torpe violencia. el mar enfático, inventor de génesis, y un Secreto que ansiaba deshojarse igual que una rosa bien madura de amor…
Pintaba silencios curvados en sed de gritos. Una gran soledad que tendía sus ramas hacia los cuatro puntos cardinales del sueño. Y una tierra en cuyos ojos lucientes colgaban las últimas gotas de la Primera Noche…
El viento fue la tentación del viaje: Zumbaban los planetas como siete moscas; a los pies del hombre yacía intacto el carretel de la distancia; y los ríos dijeron ya sus ripiosas verdades con las barbas proféticas al sol.
Así los hombres músicos encordaron la tierra de caminos:
¡Mástil empavesado de mañanas! ¡Caballos que redoblan lejanías! El silencio juntó las pisadas del mundo…
En el corazón del silencio los hombres hunden sus cantos.
El silencio es la rama donde se emboscan todos los pájaros de música.
Ballesta de palabras que se curvó en el odio y en el amor, ¡qué importa! Besos podridos en el árbol de un otoño de fiebre. ¡Hilo de risas para atar el tiempo, roto en las viejas manos de una hora!
¡El motivo no importa! Fabricamos campanas que muerdan el silencio y el mundo es un pandero que se quiebra en tus puños o en mis fuertes rodillas.
Cantamos a la vida ya la muerte ¡y el motivo no importa! Nuestra oración patina la cara de los dioses o revienta los ojos preñados de la lluvia…
¡Lo esencial es romper el silencio y el agua de los grandes mutismos!
Y el silencio es un buey que se arrodilla fustigado de voces.
Yo anuncio un largo día de cólera. Y entonces, de pie, gesticulando como un dios, apretará su hinchado corazón el silencio, fruto de todas las palabras muertas.
El mar extenderá sus puños de agua sobre una floración de ciudades atónitas.
Viejo trompo sin niños, en un rincón de noche se detendrá la tierra.
Y un dios color de algas ha de amasar el barro de otro mundo sin voces ante una gran frescura de diluvio…
De “Días como flechas” 1926
Poema sin título
En una tierra que amasan potros de cinco años el olor de tu piel hace llorar a los adolescentes.
¡Yo sé que tu cielo es redondo y azul como los huevos de perdiz y que tus mañanas tiemblan, gotas pesadas en la flor del mundo!
Yo sé cómo tu voz perfuma la barba de los vientos…
Por tus arroyos los días descienden como piraguas. Tus ríos abren canales de música en la noche; y la luna es un papagayo más entre bambúes o un loro que rompen a picotazos las cigüeñas.
En un país más casto que la desnudez del agua los pájaros beben en la huella de tu pie desnudo…
Te levantarás antes de que amanezca sin despenar a los niños y al alba que duermen todavía. (El cazador de pumas dice que el sol brota de tu monero y que calzas al día como a tus hermanitos.)
Pisarás el maíz a la sombra de los ancianos en cuyo pie se han dormido todas las danzas.
Sentados en cráneos de buey tus abuelos fuman la hoja seca de sus días; chisporrotea la sal de sus refranes en el fuego creciente de la mañana. (Junto al palenque los niños han boleado un potrillo alazán…)
En una tierra impúber desnudarás tu canto junto al arroyo de las tardes. Tú sabes algún signo para pedir la lluvia y has encontrado yerbas que hacen soñar.
Pero no es hora, duermen en tu pie los caminos.
Y danzas en el humo de mi pipa donde las noches arden como tabacos negros…
De “Días como flechas” 1926