Por eje de la tierra la pusieron, de norte a sur atravesada. El mundo gira sobre su mujer.
Escritos en su tabla resplandecen los números primarios de la tierra: el número que aguza las pasiones del viento y encabrita las aguas; el número que da primaveras al mal y verdor a la guerra; el que dice los pesos y medidas que a las armas convienen;
el que sabe los límites exactos del amor con su sombra, y el que renueva y lustra la mocedad violenta de los días. Guardadora de números la llamen los que aprendan Mujer.
Hacia el norte limita con el cielo, llorada realidad, ángel crecido; al sur con la sabrosa pesadez de la tierra, al este con el árbol, con el buey al oeste. Así la procelosa realidad tiene su costa firme en la mujer: en la mujer aviva su color y sonido y enciende su coraje. La mujer dice “Rosa”, y en otro nacimiento se confirma la rosa.
Fraternidad gozada de las tres dimensiones y los cuatro elementos: así diga el que aprende la mujer y su número. Porque tiene del Agua desnudo el cuerpo y ágil el talón; y sin perder su integridad . cobra la forma de los vasos; y del mar cejijunto aprende guerras, o el gracioso talante, de la lluvia.
Como el Aire, levanta de sí misma su viento. Sabe, como la Tierra, dar una faz al día y otra faz a la noche; y ejerce, como el Fuego, la virtud de templar los metales.
Después, sobre nosotros, viento, lluvia y hoguera, la mujer; y la noche y el día, y sal en nuestros ojos o canto en nuestra lengua.
Un misterio la sigue: quien lo toque nacerá para siempre.
De “Odas para el hombre y la mujer” 1929
Segundo encuentro con amor (fragmento)
Amor circulus est bonus, a bono in bonum perpetuo revolutis. S. Dion. Areop.
En un anochecer, al oriente, mi duelo buscaba por amor las figuras del cielo,
pues ya temía el alma su peligrosa ruta, el sol en la Balanza y el otoño sin fruta.
Lejos de tu verdor aguerrido, Esperanza, y de las rumorosas provincias de la danza;
sordo a los timbaleros ya sus muchos timbales yo recorría el prado, con mis tres animales:
al frente la pantera de acerado riñón; siguiendo mis pisadas, la loba y el león.
Porque temía el alma su grande soledad rasgó su vestidura, se fue de la ciudad:
atravesó la puerta de los Bueyes, corría desnuda y escupiendo los sabores del día,
en un anochecer, al oriente. Si el llanto fue su virtud primera, no lo dirá mi canto.
Y, mi mano pobre, alzaba mi corazón al Este, mendigando no sé qué moneda celeste,
cuando mi Consejero, perdido enhoramala, volvió por el sendero de la escala y del ala,
con su manto de gala y el halcón forastero que no mueve las plumas en el canto primero.
Detuvo su caballo. Me dice: “Fiel amigo, ¿qué imploras a la noche, con lengua de mendigo?
“Amigo fiel, responde si hallaste a mediodía los puentes y caminos de la melancolía;
“o si has medido el mundo con tu compás, y cierra tu mano el espinoso tratado de la tierra;
“que así lo anuncian tu desaliño tremendo y tu frente nublada, sobre el puño cayendo.”
Le respondí: “Señor amoroso, no es vano pesar el de la frente que se rinde a la mano:
“si prometió el verano y el otoño no miente, al hueco de la mano va la fruta y la frente.
“Señor, ¡bien reconozco tu línea de jacinto, tu lengua numerosa, las armas en tu cinto!
“Por este Laberinto, llevado de tu prosa, dejé, mal caballero, nobleza, risa y rosa;
“y es tanta mi pobreza, que dudo si sabría darme la noche aquello que me ha robado el día.” […]
De “Laberinto de amor” 1936
Solo de silencio
¡Rama frutal llena de pájaros enmudecidos, estanque negro, raíz en curva de león es tu silencio! Arranca de tus ojos en dos ríos unánimes; se escurre como el agua pluvial, de tus cabellos; cuelga de tus pestañas en invisibles gotas y es un chal en tus hombros morenos…
¡Yo he visto cómo nace de ti misma el silencio; yo sé cómo se anudan sus culebras azules en el gajo temblante de mi cuerpo! Entra como la noche a los palacios, invasor y terrible; me acarician sus dedos; abre el estuche de mis lágrimas; tiene un frescor de musgo: es el hondero que se esconde en mi selva de retorcidos árboles para cazar alondras de recuerdo. Y entonces, todo yo soy una copa de tu silencio… Violines afinados de locura, tambores secos, lenguas en una plenitud de ritmos callan en tu silencio! Vas a romper en una música sin frenos; vas a decir palabras temblorosas como nidos colgantes en la mano del viento; a desnudar tu daga de caricias ya soltarme las fieles panteras de tus besos… Pero callas en hondos reflujos ¡y otra vez el silencio, el gran silencio!
¡Ah, no me digas nada que rompa e sortilegio de tu mutismo: ni la f rase antigua ni las canciones que ha mordido el tiempo!
Ser buzo y descender hasta la gruta de tu silencio, donde se tuercen los corales rojos de las mordientes ansias y el deseo es una forma negra, tentacular, sin ruido, con cien ojos de acecho… ¡Ah, no me digas nada, ni la palabra antigua ni las canciones que ha mordido el tiempo!
¡Silencio en las albercas de tus ojos, en tus caricias largas, en tus besos! Que se duerma en tus labios una gran mariposa de silencio…
Publicado en “Caras y Caretas” Buenos Aires, año XXVIII, N° 1388, 9 de mayo de 1925
¿Y más allá?
Un extraño viajero musitaba en la noche:
-Yo escalaré la cima; profanarán mis huellas la nieve que cien siglos dejaron al pasar y en lo alto, cara a cara, miraré las estrellas… -¿Y más allá?
-Romperé la maraña de los bosques añejos, violaré con mis manos toda virginidad y veré nuevos mundos sobre los mundos viejos. -¿Y más allá?
-Lucharé contra todo lo imposible; mi grito será luz en el hondo silencio secular y venceré en la lucha, porque soy de granito. -¿Y más allá?
-No habrá un palmo de mundo que yo ignore; mis ojos bajarán al abismo, subirán al azul y, como dos palancas, romperán los cerrojos del libro del Destino que agobia mi testuz.
Soy una imagen vaga, la sombra de un deseo; pero hallaré algún día mi oculto manantial… ¡Entonces seré el Hombre que soñó Prometeo! -¿Y más allá?
Más allá, más allá. Y esa voz era fría como un trozo de hielo. ¿Qué ha de ser más allá? ¡Pero el hombre, incansable, por la senda seguía y su canto en las sombras era un himno inmortal!
De “Los aguiluchos” 1922