(Vida y mujer en hebreo, y en inglés, víspera)
A Mercedes, por el hilo que la une al secreto
Porque hiciste mi gesto eterno supe que eras la muerte: porque ella sólo podía amarme si no había hombres para mí, vivos: sólo ella podía amarme: y supe también que tú eras la muerte, y que me amabas.
El rostro de la Humanidad era para mí el de nadie: como para ella, como para ti: eres negra y no quieres nada de lo que vive y no sabe hasta morir que te desea. Y vi a través de ti, cómo surgían y surgen cabezas de la tierra helada: cabezas, yelmos, corazas, espadas es el fruto que cosecha la tierra en este a ño que tanto recuerda al Último, al siguiente, y me amaste porque yo lo veía, porque veía crecer ya en el huerto el fruto monstruoso que incorporaba en sí todo dolor e injusticia y desastre
y me dijiste: «He aquí mi primer hijo yo que nada sabía del ridículo gesto de nacer» y agregaste: «Este reirá de todo, y lo encenagará todo con el veneno de su risa mortal: cuando no haya nadie que recuerde cómo se reía, este reirá» Y te reíste de mí, como mi madre al ver que yo había nacido de ella. Tan inmenso era el frío en las ciudades que algunos sabían que no era locura ni es, creer que caerán sobre mí
o seré yo el que caiga al morir sobre tu cuerpo.
Pero en el frío crecían seguían creciendo -la peor de las alfombras de césped los huesos y la carne de los soldados que crecían sobre la tierra helada. Y me dijiste «ellos no tendrán miedo, porque están muertos, lo mismo que tú que me amas, a mí que soy negra como la vida e hice una piedra de tu gesto» Y los muertos brotaban sobre la tierra húmeda -cabezas, yelmos, corazas y espadas porque la Muerte se había hecho vida.
Y pregunté -te pregunté entonces-: «Será mi alma buen alimento para perros?»
Y contestaste: «no esperes que ella sirva para otra cosa: aquella fue creada y pensada lo mismo que tu cuerpo y huesos para nutrición de los perros finales -lo mismo que tu palabra. «Y ¿nada he de esperar?» «Nada» Y vi como espadas y corazas y yelmos surgían sobre el campo más yermo.
Y me olvidé.
“Narciso en el acorde último de las flautas” 1979