Wakefield, quien por una broma se perdió a si mismo.
Hablamos para nada, con palabras que caen y son viejas ya hoy, en la boca que sabe que no hay nada en los ojos sino algo que cae flores que se deshacen y pudren en la tumba y canciones que avanzan por la sombra, tam- baleantes mejor que un borracho y caen en las aceras con el cráneo partido y quizá entonces cante y diga algo el cerebro ni grito ni silencio sino algún canto cierto y estar aquí los dos, al amparo del Verbo sin hablar nada ya, con las bocas cosidas las dos al grito de aquel muerto mientras caen las estatuas y de aquellas iglesias el revoque es la lluvia fina pero segura sobre ese suelo inmenso que bendicen cenizas y caen también las cruces, y los nombres se borran de amores que decían, y de hombres que no hubo y de pronto, en el bar, tan solos, sí tan solos, me asomo al pozo y veo, en la copa un rostro grotesco de algún monstruo que ni morir ya quiere, que es una cosa sólo que se mira y no ve, como un hombre perdido para siempre al fondo de los hombres extranjero en el mundo, un extraño en su cuerpo una interrogación tan sólo que se mira sin duda con certeza, perdida al fondo de ese vaso.
“El que no ve” 1980