La gracia cenicienta de la encina, hondamente celeste y castellana, remansa su hermosura cotidiana en la paz otoñal de la colina.
Como el silencio de la nieve fina, vuela la abeja y el romero mana, y empapa el corazón a la mañana de su secreta soledad divina.
La luz afirma la unidad del cielo en el agua dorada del remanso y en la miel franciscana del aroma,
y asida a la esperanza por el vuelo la verde encina de horizonte manso siente el toque de Dios en la paloma.