Inclinando a tus ojos los míos sitibundos en su fondo vi todos los soles reflejados, y el salto hacia la muerte de los desesperados, como el de mis recuerdos a tus ojos profundos.
Es un mar en tinieblas bajo el palio de un vuelo; de pronto el día plácido de tus pupilas sube; en los linos del ángel recorta el sol la nube y sobre las espigas se azula más el cielo.
Vuelve al azul la bruma del viento perseguida; -más diáfanos tus ojos abiertos bajo el llanto; ni aún tras de la lluvia los cielos fulgen tanto; el vaso azul no es tan azul como en la herida.
Madona de Dolores, humedecida lumbre, siete espadas rompieron el prisma de colores; el día es más punzante nacido entre clamores, y el nocturno relente, más azul en quejumbre.
De las melancolías en la plácida fiebre reabres con tus ojos sendas de epifanía. Latiendo el corazón, el manto de María al tiempo los Tres Magos vieron en el pesebre.
Al Mayo de las voces basta con un salterio para todos los ayes y todas las canciones; guarda un trozo de cielo luceros por millones, donde faltan tus ojos con su doble misterio.
El infante absorbido por miríficos viajes desmesuradamente menos asombro espacia que si agrandas tus ojos -insoluble falacia- como racha que abriera dos capullos salvajes.
¿Escondes tus relámpagos en medio del espliego donde el insecto vive su voluptuoso instante? Preso estoy en el lazo de la estrella filante, como ahogado marino bajo estival sosiego.
Yo extraje ese metal sutil de su pechblenda; yo calciné mis dedos en su fuego prohibido; paraíso mil veces recobrado y perdido, tus ojos mi Golconda, mi dorada leyenda.
Y sucedió que el mundo bajo la tarde excelsa rompiose en arrecifes de pérfidos fanales, en tanto yo veía desde los litorales sobre lívidas ondas brillar los ojos de Elsa. Versión de: Carlos López Narváez