¿Qué es mi corazón para ti si debes romperlo una y otra vez como el sembrador que pone a prueba sus nuevas especies? Experimenta algo más: cómo puedo vivir en las colonias, como a ti te gusta, si me impones una cuarentena de dolor, apartándome de los miembros saludables de mi propia tribu: eso no se hace en un jardín, apartar la rosa enferma; permítele ondear sus sociables e infectadas hojas de cara a las demás, que los minúsculos áfidos brinquen de planta en planta, probando de nuevo que soy la más inane de tus criaturas, la que sigue al floreciente áfido y al rosal trepador. Padre, como agente de mi soledad, alivia al menos mi culpa, levanta el estigma del aislamiento; a menos que sea tu designio fortalecerme otra vez, como fui fuerte y plena en mi infancia equivocada, bajo la leve luz del corazón de mi madre, o en el sueño, el primer ser que nunca moriría. De “Iris salvaje” Versión de Eduardo Chirinos