Los reyes se enamoran de sus hijas más jóvenes, Lo deciden un día, mientras los cortesanos discuten sobre el rito de alguna ceremonia que se olvidó y que debe regresar del olvido. Los reyes se enamoran de sus hijas, las aman con látigos de hielo, posesivos, feroces, obscenos y terribles, agonizantes, locos. Para que nadie pueda desposarlas, plantean enigmas insolubles a cuantos pretendientes aspiran a la mano de las princesas. Nunca se vieron tantos príncipes degollados en vano.
Los reyes se aniquilan con sus hijas más jóvenes, se rompen, se destrozan cada noche en la cama. De día, ellas se alejan en las naves del sueño y ellos dictan las leyes, solemnes y sombríos.
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En el hombro la herida me latía como un segundo corazón. Si a ella le dolía también, no me lo dijo. La puerta se cerró. Por un momento nos abrazamos, y eso era la vida. Pero volvió el dolor, volvió la niebla sobre mis ojos y frente a mis labios. Y volverían dudas y reproches, y la herida del hombro, y su marido.
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Cuando vivías en la Castellana usabas un perfume tan amargo que mis manos sufrían al rozarte y se me ahogaban de melancolía. Si íbamos a cenar, o si las gordas daban alguna fiesta, tu perfume lo echaba a perder todo. No sé dónde compraste aquel extracto de tragedia, aquel ácido aroma de martirio. Lo que sé es que lo huelo todavía cuando paseo por la Castellana muerto de amor, junto al antiguo hipódromo, y me sigue matando su veneno. * * *
Cada vez que te hablo, otras palabras escapan de mi boca, otras palabras. No son mías. Proceden de otro sitio. Me muerden en la lengua. Me hacen daño. Tienen, como las lanzas de los héroes, doble filo, y los labios se me rompen a su contacto, y cada vez que surgen de dentro -0 de muy lejos, o de nunca-, me fluye de la boca un hilo tibio de sangre que resbala por mi cuerpo. Cada vez que te hablo, otras palabras hablan por mí, como si ya no hubiese nada mío en el mundo, nada mío en el agotamiento interminable de amarte y de sentirme desamado. * * *
La tierra estaba seca. No había ríos ni fuentes. Y brotó de tus ojos el agua, toda el agua.
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Era su turno. Cuidadosamente dobló la gabardina sobre el brazo. Se echó el pelo hacia atrás, y su mirada se cruzó con la mía. Con los ojos le devolví la calma. Se marchaba, pero regresaría, y todo aquello terminaría bien. Cerró la puerta. Yo me quedé sentado, acariciando, tembloroso, su ropa interior verde.
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Apagaste las luces y encendiste la noche. Cerraste las ventanas y abriste tu vestido. Olía a flor mojada. Desde un país sin límites me miraban tus ojos en la sombra infinita.
¿Y a qué olían tus ojos? ¿Qué perfume de oro y de agua limpia y pura brotaba de tus párpados? ¿Que invisible temblor de cristales de fuego agitaba la seda lunar de tus pupilas?
Recamaste la almohada con hilos de azabache. Tejiste sobre el sueño un velo de blancura. Eras la rosa pálida tiñéndose de rojo, la rosa del veneno que devuelve la vida.
La blusa, el abanico, una pluma violeta, el broche con la perla y el diamante en el pecho. Todo abierto y en paz, transparente y oscuro, sin dolor, navegando rumbo a tus manos frías. * * *
El editor Francisco Arellano, disfrazado de Humprey Bogart, tranquiliza al poeta en un momento de ansiedad, recordándole un pasaje de Píndaro, Pípticas VIII 96
Sin mujer, sin amigos, sin diner, loco por una loca bailarina, me encontraba yo anoche en una esquina que se dobla y conduce al matadero.
Se reflejó una luz en el letrero de la calle, testigo de mi ruina, y de un coche surgió una gabardina y los ojos de un tipo con sombrero.
Se acercaba, venía a hablar conmigo. Mi aburrido dolor le interesaba. Con tal de que no fuese un policía…
«Somos el sueño de una sombre, amigo», me dijo. y era bogart, y me amaba; y era Paco Arellano, y me quería.
De La caja de plata