Cómo te defiendes de mí. Cómo resistes, desde la torre de la ausencia, agitando el pañuelo para siempre, sin forma ni color, humo tan sólo, aérea y rígida en tu nube, diciendo adiós al mundo y a mis brazos, muerta y levísima. Cómo te defiendes de mí. Cómo, al fin, me derrotas y me sepultas, también a mí, en la tumba sin flores del olvido, donde mis huesos no conozcan la senda de tu cobardía. * * *
Cómeme y, con mi cuerpo en tu boca, hazte mucho más grande o infinitamente más pequeña. Envuélveme en tu pecho. Bésame. Pero nunca me digas la verdad. Nunca me digas: «Estoy muerta. no abrazas más que un sueño»
* * *
Una vela es el deseo. Está encendida. Ilumina la habitación. En los muros hay desgarraduras viejas. La vela baila. Se cierne sobre el espacio. Divide la sombra en dos. El deseo tiene pulmones de cera. Y es el ahogo. Las cosas bajo llave. Las palabras no dichas. Burbujas. Brillos. Alas rotas. Labios muertos. O tu pecho: todo es cera. Siempre en luz. Sobre el silencio extiende su brasa el ojo. Las paredes tienen grietas, salpicaduras recientes. Y ellos se alejan. Ignoran. No saben qué hacer. No saben dónde esconderse. Son otros. Sombras de la misma vela. “Necrofilia” 1983