Niña, arranca las rosas, no esperes a mañana. Córtalas a destajo, desaforadamente, sin pararte a pensar si son malas o buenas. Que no quede ni una. Púlele los rosales que encuentres a tu paso y deja las espinas para tus compañeras de colegio. Disfruta de la luz y del oro mientras puedas y rinde tu belleza a ese dios rechoncho y melancólico que va por los jardines instilando veneno. Goza labios y lengua, machácate de gusto con quien se deje y no permitas que el otoño te pille con la piel reseca y sin un hombre (por lo menos) comiéndote las hechuras del alma. Y que la negra muerte te quite lo bailado. * * *
De tanto amarte y tanto no quererte te has cansado de mí y de mis locuras y le has prendido fuego a nuestra historia. Tu ropa no perfuma ya la casa. No queda una palabra de cariño suspendida en el aire, ni una hebra de azabache en la almohada. Sólo flores secas entre las páginas del libro de nuestro amor, y cálices de angustia, y un delirio de sombras en la calle. * * *
la luz proyecta un resplandor perlado sobre la pendiente de tus senos, apenas contenidos en la escasa pechera de tu vestido. Un rtesplandor que viene de otro tiempo y de otro sitio y que sigue brillando todavía.
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El problema no es tener que abandonarlo todo a cambio de ti. El problema es tener que abandonarte a ti a cambio de un fantasma. Son las cosas que ocurren cuando sueñas que vuelve la mujer que no ha de volver.
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Voy a escribir un libro que hable de las (poquísimas) mujeres de mi vida. De mi primera novia, me enseñó el amor y las puertas secretas del cielo y del infierno; de Isabel, que se fue al país de los sueños con el pequeño Nemo, porque aquí lo pasaba fatal; de Margarita, recordando unos jeans blancos y unos lunares estratégicamente dispuestos; de Ginebra, que le dejó a Lanzarote plantado por mi culpa y fundó una familia respetable a mi costa; de Susana, que sigue tan guapa como entonces; de Macarena, un dulce que me amargó la vida dos veranos enteros; de Carmen, que era bruja y veía el futuro con ojos de muchacho; de la red que guardaba los cabellos de Paula cuando me enamoré de su melancolía; de Arancha, de Paloma, de Marta y de Teresa; de sus besos, que izaron la bandera del triunfo sobre la negra muerte, y también de su helado desdén, que recluyó tantas veces mi espíritu en la triste mazmorra de la desesperanza. Voy a escribir un libro que hable de las mujeres que han escrito mi vida. De “Por fuertes y fronteras” 1996