Embrujado jardín. En un estanque, desnuda, te recojo. Me parece que tengo entre los brazos otro jardín.
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Dice la dama: «El frío ya no hiere mi cuerpo. Llega una primavera que no funde la nieve ni licúa los ríos. Primavera de brazos y músculos y sables y dentelladas dulces. Bajo un cálido sueño masculino me olvido. Y en mi olvido se olvidan mis doncellas y el mundo, lo que fui y lo que soy, mi nombre y sus aristas.»
Él: «Comienza en tus ojos un combate sin tregua. Vencida, eres el fuego. Victoriosa, la llama. Nunca el crimen sagrado me pareció tan bello.» * * *
He preguntado a las orquídeas -dominaba el perfecto sopor del mediodía- si tus cabellos eran sierpes o sílabas de fuego adormecido.
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Y tus ojos, tus pétalos de luz, aquellos ojos que resumían el estío, vasijas de pureza, agonizan de sombra en su prisión de nieve y de silencio. El mundo es una catedral helada.
“Scholia” 1978