Noche de ronda

Noche de ronda

En otro tiempo hubieras empleado la noche en hablarle de libros y de viejas películas. Pero ya eres mayor. Ahora sabes que a ellas les aburren los tipos llenos de nombres propios, que tu bachillerato les tiene sin cuidado. De modo que le dejas tomar la iniciativa, desconectas y finges que escuchas sus historias, que invariablemente -recuerdas de otras veces- versan sobre el amor, los viajes, la dietética, su familia, el verano, la buena forma física, el más allá, las drogas y el arte postmodemo. De cuando en cuando asientes, recorriendo sus ojos con los tuyos, rozando levemente sus muslos, y elevas a los cielos una angustiosa súplica para que aquella farsa termine cuanto antes. Pasarán, sin embargo, todavía unas horas hasta que, ebria y afónica, se abandone en tus brazos y obtengas la victoria pírrica de su cuerpo, que, pese a los asertos de tres o cuatro amigos, será muy poca cosa. Y, cuando esté dormida, saldrás roto a la calle en busca de una taza de café gigantesca, maldiciendo las copas que arruinaron tu hígado en la estúpida noche y pensando que, al cabo, merece más la pena no comerse una rosca y hablarles de tus libros, amargarles la vida con Shakespeare y con Griffith. O buscarse una sorda para que nada falte.