Museo Atami
Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin. Gozó del esplendor de la juventud en los barrios de licencia, frecuentó el paladar sagrado del deseo. Ordenó sus kimonos en la seda más fina; pintó un fondo de oro para lirios azules. Refinado y altivo, no olvidó sin embargo (artista como era) la melancolía fugaz del tiempo que transcurre. En su madurez, con audaz virtuosisimo, se dedicó sobre todo a la búsqueda estilística. Creó lacas y biombos. Le hizo célebre la perfección, el refinamiento de su arte -lirios, ciruelos, dioses- decorativo. Debió morir fascinado en la belleza, rodeado por una seda extraña, tranquilo. Fue afortunado, en verdad, Ogata Korin; su vida fue un culto a la efímera sensación de la belleza. Al placer y al arte. Y la vida le concedió sentir, ser traspasado por el dardo febril de la hiperestesia. Le llamaron excéntrico, dandy o esteta. Pero no pidió más. Sensación por sensación. Vivir, sentir, gozar. Sin más problemas.
De “Hymnica” 1979