El cuerpo envuelto en un gabán azul, muy ancho; la corbata cuidada, y alborotado el pelo por el viento de tarde, pasea el hombre solo, por una gris ciudad, hurgando en sus bolsillos cigarrillos rubios y cerillas malas. Se sienta en los cafés, y bebe mucho; acaso lee un periódico sin ganas, mientras mira y le rondan ideas, casi siempre extrañas. Habla, quizá, con alguien, un momento, pero semeja ausente la sonrisa forzada. Se va deprisa, y caminando, llega a tabernas o clubs de peor laya, donde de nuevo bebe, y entre una torpe música, un instante le embriaga una piel inmadura, que la vista descansa. (Dulce cuerpo floral, incipiencia suave donde habita la gracia.) Unas palabras luego. Y medio ocultas citas, ahora o mañana. Entrada ya la noche, con demasiado alcohol y el humo del tabaco pegado entre las manos, abrirá la puerta de un piso frío, vacilante, con libros y papeles en desorden y botellas gastadas. y allí, tumbado en un sofá antes del sueño -escuchando las violas de Rameau en el aire -sentirá ese hombre solo brotar lágrimas. Ha visto aproximarse al fin (hoy también) el Angel imposible que le salva.
“El viaje a Bizancio” 1972 - 1974
El joven de los pendientes de plata
Llevaba días viéndole en el bar, apoyado en la barra y bebiendo cerveza. Jamás respondió a mis miradas (que probablemente no viese) y cuando pregunté a los parroquianos si sabían de él, ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas. Apenas hablaba, y aunque joven de cierto, parecía perdida su mente en lejanías, como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo. Moreno, con botas negras y chaquetón azul, llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata. Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba en aquel hermoso y triste solitario de la barra. No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué y le pregunté, invitándole a la par a otra cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa- y tuvo la actitud del que concede, aunque apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios vanos, contestó que su oficio era el mar. Que había viajado mucho, cambiado también de empresa, y que en fin, estaba muy cansado. Hablaba un español con acento entre holandés y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre) perseveraba su dejo de añorante distancia. Le propuse si quería acompañarme a casa, y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza. Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir, amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos. Y cuando concluimos la cama y las cervezas, y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era y cómo se llamaba, pues nunca dijo el nombre. Con un leve desdén en la boca perfecta, me pidió dinero para pasar la noche y replicó (abrochándose el cinturón y francamente hilarante): Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar los Sargazos. Le contesté riendo: ¿Pero aún queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habíais muerto.Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete, y a punto de largarse, me miró suavemente: Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico. No me permiten todavía que muera. Y escuché el ascensor el sonido del viento que en la calle silbaba.