Llevaba días viéndole en el bar, apoyado en la barra y bebiendo cerveza. Jamás respondió a mis miradas (que probablemente no viese) y cuando pregunté a los parroquianos si sabían de él, ninguno -ni los camareros- pudieron darme nuevas. Apenas hablaba, y aunque joven de cierto, parecía perdida su mente en lejanías, como si algo le arrastrase hacia un remoto tiempo. Moreno, con botas negras y chaquetón azul, llevaba en coleta el pelo, y pendientes de plata. Pero eran sus ojos sobre todo, sus profundos y grandes ojos garzos, lo que más me impresionaba en aquel hermoso y triste solitario de la barra. No: La gente siguió sin saber nada. Y entonces me decidí (suelo ser muy osado) y me acerqué y le pregunté, invitándole a la par a otra cerveza. Me miró sonriendo -sin sorpresa- y tuvo la actitud del que concede, aunque apenas dijera una palabra. Tras ciertos circunloquios vanos, contestó que su oficio era el mar. Que había viajado mucho, cambiado también de empresa, y que en fin, estaba muy cansado. Hablaba un español con acento entre holandés y brasileño, y mientras decía y bebía (cordial siempre) perseveraba su dejo de añorante distancia. Le propuse si quería acompañarme a casa, y beberse conmigo -oyendo música- la última cerveza. Sonrió como quien ya supiera, y me hizo otro gesto indicando la puerta. Mis amigos me vieron salir, amedrentados, con aquel extranjero de pendientes argénteos. Y cuando concluimos la cama y las cervezas, y hablamos de aventuras y pasiones, y del amor al riesgo, mientras se vestía (cuerpo delgado y duro, cálido y cobrizo) torné a preguntarle quién era y cómo se llamaba, pues nunca dijo el nombre. Con un leve desdén en la boca perfecta, me pidió dinero para pasar la noche y replicó (abrochándose el cinturón y francamente hilarante): Ya ves, tío, yo soy el último pirata del mar los Sargazos. Le contesté riendo: ¿Pero aún queda alguno? Nosotros ya creíamos que todos habíais muerto.Y entonces, con tristeza, tras tomar el billete, y a punto de largarse, me miró suavemente: Pequé con delirio en los mares de España. Adiós, chico. No me permiten todavía que muera. Y escuché el ascensor el sonido del viento que en la calle silbaba.
Desaté tus sandalias y te besé los pies. Fríos, estaban fríos y hermosamente rojos de la nieve. Tumbados junto a un fuego de encina, entre ese olor vegetal y cálido del mundo, oíamos a los monjes cantar salmos, muy oscuramente… ¡Tu cuerpo hermoso! ¡Cómo besé tu cuerpo, tan blanco, dulce y fuerte, mientras te entredormías! Tragué tu sexo entero. No podía olvidar que caminábamos juntos, flagelantes, hacia el perdón y hacia la penitencia… El silencio parecía un gigante y el rezo de los monjes el retumbe de un barco en la galerna. No sé si me decías: ¿Estamos cerca ya del final de los tiempos? Tu cuerpo de tan recio me parecía dulce. Dulces fríos tus pies. Dulce tu axila. Tu cuerpo, con el sayal subido. Tu cuerpo erecto allí. No sé adónde íbamos. Era el más duro invierno. La nieve más profunda. y la voz de los monjes retumbaba en la piedra. La música -dijiste- la música… Tus labios eran rosas, suavemente rojos como tu dulce cuerpo… Hermano mío de tiempo y penitencia. ¿Qué hacemos los dos juntos? ¿Dónde vamos? ¿Dónde nos lleva el miedo? No es la peste, no el hambre. El viento ruge en el claustro de piedra. Los monjes cantan en plegaria de sombra. Estamos solos, tú y yo, hermano. Solos… Es una Edad media interminable. Fuego ahí, en la noche oscura.