Me gustaría invitarte una noche (y aún lo espero) a charlar, para que te vieran, y a tomar una copa juntos. (Porque es emocionante discurrir junto a un cuerpo tan hermoso y tan joven, y verlo con deleite, sin prisa, y que lo crean tuyo.) Y cuando el camarero nos tendiese la copa, exuberante, grata, y colmada de algún licor entre el hielo y el oro, a la luz íntima y brillante de las lámparas, Vitucho, te diría: ¿La ves? Fulge el cristal, y el licor rebosa. Tras un breve rato, aún en plena noche, estará vacía y sucia. Las huellas de los dedos pegadas al vidrio. Ida. Y te diría que tu adolescencia es, ahora, como esa copa rebosante. Te lo diría, y te miraría y esperaría que entendieras.
“El viaje a Bizancio” 1972 - 1974