Mercedes

Mercedes

Aunque el tiempo nos haya separado (no es el tiempo sino la vida quien aleja) no debo, no sería lícito olvidarte y ser injusto contigo. Porque si tu presente de mujer burguesa está tan lejos de lo que creo y siento, a la muchachita que fuiste, junto a mí la amé hasta ese natural punto que no precisa palabras, ni declaración ni sexo. Era la amistad el calor, más allá de otros lazos. Jugaba contigo y me reía contigo y te buscaba cuando estaba solo (tantas veces) sin que tú nunca me fallaras ni mostrases extrañeza. ¿Te acuerdas de cómo nos reíamos? Jugábamos a chicas y hablábamos del mundo. Íbamos al cine y me contabas, por fin, los chicos que te gustaban, los actores, los sueños de lo que ambos seríamos huyendo de aquella adolescencia en el opaco, hosco Madrid cerrado a la libertad, de los mediados sesenta. Adiós, amiga mía, nunca será como antes y nunca hablaremos como hablábamos entonces. Tú vas en tu avión y yo vuelo -no sé cómo- en dirección contraria. Pero te recuerdo y te doy las gracias. Única amiga de mi infancia. Por ti no estuve solo del todo. Por ti sentí que la vida podría ser amable. Para ti fui un niño normal y corriente, al que quisiste -creo- y te quería. Otro amigo. Jamás sentí que me mirases con extrañeza. Pocos -poquísimos- me vieron tan real, tan cerca.

De “Herejías privadas”