Ilustre y hermosísima María, mientras se dejan ver a cualquier hora en tus mejillas la rosada Aurora, Febo en tus ojos y en tu frente el día,
y mientras con gentil descortesía mueve el viento la hebra voladora que la Arabia en sus venas atesora y el rico Tajo en sus arenas cría;
antes que, de la edad Febo eclipsado y el claro día vuelto en noche obscura, huya la Aurora del mortal nublado;
antes que lo que hoy es rubio tesoro venza a la blanca nieve su blancura: goza, goza el color, la luz, el oro.