Como el primer cigarro, los primeros abrazos. Tú tenías una pequeña estrella de papel brillando sobre el pómulo y ocupabas la escena marginal donde las fiestas juntan la soledad, la música o el deseo apacible de un regreso en común, casi siempre más tarde.
Y no la oscuridad, sino esas horas que convierten las calles en decorados públicos para el privado amor, atravesaron juntas nuestras posibles sombras fugitivas con los cuellos alzados y fumando. Siluetas con voz, sombras en las que fue tomando cuerpo esa historia que hoy somos de verdad, una vez apostada la paz del corazón.
Aunque también los muebles se hicieron a nosotros. Frente a aquella ventana -que no cerraba bien-, en una habitación parecida a l a nuestra, con libros y con cuerpos parecidas, estuvimos amándonos en el primer bostezo de la ciudad, su aviso, su arrogante protesta. Yo tenía una pequeña estrella de papel brillando sobre el labio.
Yo te estaba esperando. Más allá del invierno, en el cincuenta y ocho, de la letra sin pulso y el verano de mi primera carta, por los pasillos lentos y el examen, a través de los libros, de las tardes de fútbol, de la flor que no quiso convertirse en almohada, más allá del muchacho obligado a la luna, por debajo de todo lo que amé, yo te estaba esperando. Yo te estoy esperando. Por detrás de las noches y las calles, de las hojas pisadas y de las obras públicas y de los comentarios de la gente, por encima de todo lo que soy, de algunos restaurantes a los que ya no vamos, con más prisa que el tiempo que me huye, más cerca de la luz y de la tierra, yo te estoy esperando. Y seguiré esperando. Como los amarillos del otoño, todavía palabra de amor ante el silencio, cuando la piel se apague, cuando el amor se abrace con la muerte y se pongan mas serias nuestras fotografías, sobre el acantilado del recuerdo, después que mi memoria se convierta en arena, por detrás de la última mentira, yo seguiré esperando.