Ese perdido reino...

Ese perdido reino…

Ese perdido reino donde cualquier política tiene forma de beso, de cicatriz privada detrás de los abrazos, nos está dominando con sus sueños, de distancia a distancia.

Quiero que te levantes con la misma impaciencia que los árboles, creciendo hasta lo exacto para rozar mis labios, para buscar en ellos la humedad sin la lluvia.

Sé que descubriremos siluetas desnudas por la casa, recuerdos visitantes, fantasmas de una noche sin verano, que andarán en nosotros y pedirán su cuenta,

porque la oscuridad, como un espejo, nos devuelve la imagen que le damos.

Pero conozco todas las preguntas que no sé contestarte, el cuerpo en donde viven las interrogaciones, tu sueño en los pañuelos, como de haber llorado.

Está solo. Para seguir camino…

Está solo. Para seguir camino se muestra despegado de las cosas. No lleva provisiones. Cunado pasan los días y al final de la tarde piensa en lo sucedido, tan sólo le conmueve ese acierto imprevisto del que pudo vivir la propia vida en el seguro azar de su conciencia, así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor. Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana con los ojos negados al presente y sólo tuvo sombras que apretar en la mano, fantasmas como saldo, un camino de nubes.

Soledad, libertad, dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence. Sus huellas tienen hoy la quemadura de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino acepta que la vida se refugie en una habitación que no es la suya. La luz se queda siempre detrás de una ventana. Al otro lado de la puerta suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario aprender a vivir en otra edad, en otro amor, en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

De “Habitaciones separadas”

Habitaciones separadas

Está solo. Para seguir camino se muestra despegado de las cosas. No lleva provisiones.

Cuando pasan los días y al final de la tarde piensa en lo sucedido, tan sólo le conmueve ese acierto imprevisto del que pudo vivir la propia vida en el seguro azar de su conciencia, así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor. Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana con los ojos negados al presente y sólo tuvo sombras que apretar en la mano, fantasmas como saldo, un camino de nubes.

Soledad, libertad, dos palabras que suelen apoyarse en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence. Sus huellas tienen hoy la quemadura de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino acepta que la vida se refugie en una habitación que no es la suya. La luz se queda siempre detrás de una ventana. Al otro lado de la puerta suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario aprender a vivir en otra edad, en otro amor, en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

Imaginar los sitios posibles donde estabas…

…en un rincón del año… V. Huidobro

Imaginar los sitios posibles donde estabas, verte llegar sin noche a La Tertulia, reconocer tu voz apresurada al contar una anécdota o preguntar por mí, saber que nos mirábamos antes de conocernos, son capítulos largos de mi vida.

Supongo que también te dejarán a ti este mismo vacío, esta impaciencia por estar sin nadie mientras se nos olvida todo el calor que duele de olvidado.

El naufragio es un don afín al hombre. Después de que sucede suelen tener las huellas esa incomodidad que tienen las mentiras, el recuerdo es un dogma, la soledad el pecho que tú me acariciaste.

Pero cambiando de conversación el tiempo -buen amigo que deforma el pasado como el amor a un cuerpo- hará que cada día no parezca un disparo, que volvamos a vernos una tarde cualquiera, en un rincón del año y sin sentir demasiada impotencia.

Será seguramente como volver a estar, como vivir de nuevo en una edad difícil o emborracharnos juntos para pasar a solas la resaca.

Igual que quemaduras debajo de los dedos, en un segundo plano seguiremos presentes y esperando ese momento exacto del náufrago en la orilla, cuando al salir del mar me escribas en la arena: «Sé que el amor existe, pero no sé dónde lo aprendí».

Impertinencias

En la mesa de al lado, un jardín de señoras en domingo abonadas al orden del murmullo y del té con limón, en un café de invierno por la tarde.

Se quejan de los tiempos, beben, fuman, discuten sus secretos, asienten con sonrisas… Y de pronto se paran a mirarte.

Despreocupada cuentas -y en el local tu voz es como el sable que hiere al enemigo- una historia de cama con detalles expertos, una manera de sentir la vida que penetra y disuelve la luz de iglesia, la humillación del frío en las rodillas, los cajones cerrados y las fotos de boda.

Cierto tipo de gente sufre de los inviernos en los ojos, conoce las heladas que pasan por debajo de una puerta, una puerta de alcoba, allí donde la noche siempre tiene olor de espera inútil, y después de la espera se aceptan las mentiras, y después el silencio.

Nada dejan los años en la mesa de al lado, sino un murmullo que envejece y una sombra que cruza por los labios como una cicatriz, un rencor en la piel de la conciencia.

Tu voz es alta y joven, va vestida de fiesta y cuando se desnuda hace que el sol de invierno, conmovido, se detenga un instante para apoyar la frente sobre los ventanales del café.

Invitación al regreso

Quien conozca los vientos, quien de la lejanía haga una voz donde guardar memoria, quien conozca la piel de su desnudo como conoce el rastro de su nombre, y no le tenga miedo, y le acompañe más allá del invierno encerrado en sus sílabas, quien todo lo decida sin la noche, de golpe, como un beso, que suba entre la niebla por el puente, que le roce los dedos a su propio vacío, que salga al mar, que pierda el temor de alejarse.

En la debilitada sombra violeta de las olas, mientras se van hundiendo con el puerto los antiguos letreros y las luces, flotarán esperando nuestras conversaciones en el agua. Serán el obligado desengaño que con la brisa caiga desde la arboladura, devolviendo al recuerdo la tempestad de hablar o palabras partidas como mástiles. Porque los sueños dejan igual que los naufragios algún resto, con maderas y cuerpos hundidos en las sábanas, llenos de dominada libertad.

No es la ciudad inmunda quien empuja las velas. Tampoco el corazón, primitiva cabaña del deseo, se aventura por islas encendidas en donde el mar oculta sus ruinas, algas de Baudelaire, espumas y silencios. Es la necesidad, la solitaria necesidad de un hombre, quien nos lleva a cubierta, quien nos hace temblar, vivir en cuerpos que resisten la voz de las sirenas, amarrados en proa, con el timón gimiendo entre las manos.

Aléjate de allí, vayamos lejos, sin la ilusión que llama desesperadamente, sin el dolor que asume su decencia. La piel, mi piel, los vientos han preguntado tanto en las orillas, tanto se han estrellado por ciudades y pechos, que no conocen patrias ni las cantan, no recuerdan naciones, sólo pueblos.

Yo sé que su regreso es el nuestro sin duda. Porque con voz humana, como marinos viejos, sobre el desdibujado dolor de sus espaldas, vendrán para decirnos: es el tiempo, dejémonos volver con la marea.

El coraje y la fuerza del crepúsculo os llevarán al fondo de lo ya conocido, y veremos fragatas sobre los charcos negros, pero la silueta desdoblada de un niño no será frágil ni tendrá cansancio.

Así, después del viaje, sorprendidos y mudos delante del fantasma, mientras surgen despacio con el puerto los antiguos letreros y las luces, oiremos la canción de los que llegan, de los que pisan tierra cuando han sido durante muchos días esperados.

Y el mar, el dulce mar tan trágico, a su propia distancia sometido, sabrá dejar escrito que el viaje nunca fue nuestro tesoro, ni tampoco el dolor famoso en los poemas, sino los sueños puestos en la calle, los lechos y su bruma, al despertar de tantas noches largas donde sólo pudimos presentir, hablar de los deseos en la sombra.

Al lado de tu pelo, capital de los vientos, la historia en dos, el ruido de las lágrimas, tienen que ser pasado necesario, alejada miseria, cosas para contar después de algunos años, si es que alguien pregunta por nosotros.

Aunque también, y necesariamente, entre la baja noche y esta casa donde suelo escribir, yo esperaré los labios que con llamada extraña de nuevo me pregunten:

¿Prisionero de amor, para quién llevas un hombro de cristal y otro de olvido?

Irene

Así amanece el día Claudio Rodríguez

¿Conoces ya la tinta meditada de la primera luz? Mira el esfuerzo que en la copa más alta del bosque más oscuro raya un momento, avisa y mientras cae forma la claridad. Así comienza el día. Así también, contigo, cobran todas las cosas un impreciso afán por empezar de nuevo, por ser tu compañía cuando el tiempo aparezca.

Y no es el mecanismo oxidado de un tren lo que se mueve, ni las maderas de la barca están secas aún. No en todas las historias el tiempo necesita la nostalgia.

Pero tiene la luz recuerdos que son nuestros. Van a bajar los dioses de sus libros, alguien descubrirá que el mundo es navegable, habrá días y noches, y en la luna de lo ya sucedido respirará la fábula blanca del calendario.

¿Qué haremos de nosotros ahora que los espejos todavía no tienen una sombra que llevarse a sus láminas y los recuerdos nacen aprendiendo a contar hasta diez? ¿Qué podemos hacer con lo que nos han dado?

Como una insinuación, como la piedra interroga al estanque, cae la luz en el sueño de la casa.

Y la distancia, esa divinidad que medita en el agua de los puertos, vuelve al pasado, busca entre sus mitos un ángel sin heridas, una nueva metáfora, algo que no es tu nombre, pero que yo pronuncio desde el fondo abierto de tus ojos.

Me persiguen…

Me persiguen los teléfonos rotos de Granada, cuando voy a buscarte y las calles enteras están comunicando.

Sumergido en tu voz de caracola me gustaría el mar desde una boca prendida con la mía, saber que está tranquilo de distancia, mientras pasan, respiran, se repliegan a su instinto de ausencia los jardines.

En ellos nada existe desde que te secuestran los veranos. Sólo yo los habito por descubrir el rostro de los enamorados que se besan,

con mis ojos en paro, mi corazón sin tráfico, el insomnio que guardan las ciudades de agosto, y ambulancias secretas como pájaros.

Merece la pena

(Un jueves telefónico)

Trirt el qui mai no ha perdut per amor una casa Joan Margarit

Sobre las diez te llamo para decir que tengo diez llamadas, otra reunión, seis cartas, una mañana espesa, varias citas y nostalgia de ti.

Sobre las doce y media llamas para contarme tus llamadas, cómo va tu trabajo, me explicas por encima los negocios que llevas en común con tu ex-marido, debes sin más remedio hacer la compra y me echas de menos. El teléfono quiere espuma de cerveza, aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia.

Sobre las cuatro y media comunica tu siesta. Me llamas a las seis para decirme que sales disparada, que se queda tu hijo en casa de un amigo, que te aburre esta vida, pero a las siete debes estar en no sé dónde, y a las ocho te esperan en la presentación de no sé quién y luego sufres restaurante y copas con algunos amigos. Si no se te hace tarde me llamarás a casa cuando llegues.

Y no se te hace tarde. Sobre las dos y media te aseguro que no me has despertado. El teléfono busca ventanas encendidas en las calles desiertas y me alegra escuchar noticias de la noche, cotilleos del mundo literario, que se te nota lo feliz que eres, que no haces otra cosa que hablar mucho de mí con todos los que hablas.

Nada sabe de amor quien no ha perdido por amor una casa, una hija tal vez y más de medio sueldo, empeñado en el arte de ser feliz y justo, al otro lado de tu voz, al sur de las fronteras telefónicas.

Mujeres

Mañana de suburbio y el autobús se acerca a la parada.

Hace frío en la calle, suavemente, casi de despertar en primavera, de ciudad que no ha entrado todavía en calor. Desde mi asiento veo a las mujeres, con los ojos de sueño y la ropa sin brillo, en busca de su horario de trabajo.

Suben y van dejando al descubierto, en los cristales de la marquesina, un anuncio de cuerpos escogidos y de ropa interior. Las muchachas nos miran a los ojos desde el reino perfecto de su fotografía, sin horarios, sin prisa, obscenas como un sueño bronceado.

Yo me bajo en la próxima, murmuras. Me conmueve el recuerdo de tu piel blanca y triste y la hermandad humilde de tu noche, la mano que dejaste olvidada en mi mano, al venir de la ducha, hace sólo un momento, mientras yo me negaba a levantarme.

Que tengas un buen día, que la suerte te busque en tu casa pequeña y ordenada, que la vida te trate dignamente.

Nocturno

A Ángel González

Aplauden los semáforos más libres de la noche, mientras corren cien motos y los frenos del coche trabajan sin enfado. Es la noche más plena. Ninguna cosa viva merece su condena. Corazones y lobos. De pronto se ilumina en su sillín con prisas la línea femenina de un muslo. Las aceras, sin discreción ninguna, persiguen ese muslo más blanco que la luna. Pasan mil diez parejas derechas a la cama para pagar el plazo de la primera llama y firmar en las sábanas los consorcios más bellos. Ellas van apoyadas en los hombros de ellos. Una federación de extraños personajes, minifaldas de cuero, chaquetas con herrajes y el hablador sonámbulo que va consigo mismo, la sombra solitaria volviendo del abismo. Luces almacenadas, que brotan de los bares, como hiedras contratan las perpendiculares fachadas de cristal. Hay letreros que guiñan, altavoces histéricos y cuerpos que se apiñan. El día es impensable, no tiene voz ni voto mientras tiemble en la calle el faro de una moto, la carcajada blanca, los besos, la melena que el viento negro mueve, esparce y desordena. Yo voy pensando en ti, buscando las palabras. Llego a tu casa, llamo, te pido que me abras. La ciudad de las cuatro tiene pasos de alcohólica Desde el balcón la veo y como tú, bucólica geometría perfecta, se desnuda conmigo. Agradezco su vida, me acerco, te lo digo, y abrazados seguimos cuando un alba rayada se desploma en la espalda violeta de Granada.

De “Rimado de ciudad”

Nueva salutación al optimista

Irene no conoce todavía la palabra resaca. Descentrada con el raro bullicio de la gente que hubo anoche en la casa, duerme poco, penetra ese olvido absoluto al que recurro en mañanas difíciles, salta por los barrotes de su horario, se anuncia con un grito de selva inexplorada, corre por el pasillo hasta la cama, de mi pelo se cuelga, con mi espalda fabrica una pista de baile, insiste repartida, telefónica, parece que se escapa por fin, pero regresa con urgencia de liebre despiadada. Irene no conoce todavía la palabra resaca. Están así las cosas… Es la primera vez que la ira no afecta al importuno. Juro que no repetiré, sé que no debo acostarme tan tarde, tan borracho, bajo un sol que ya tenga mala cara de sueño y aspirina.

Por septiembre…

Por septiembre se te llenan de sótanos los labios y es relativo el cielo después de haberte visto preguntarle a la vida. Pero también el cielo, arrugado y preciso como tu cazadora adolescente, quiere estar entreabierto, brillar recién amado, descansando en la hierba el peso de su larga cabellera de nubes.

Por septiembre se te llenan de humo los síes en la boca.

Primer día de vacaciones

Nadaba yo en el mar y era muy tarde, justo en ese momento en que las luces flotan como brasas de una hoguera rendida y en el agua se queman las preguntas, los silencios extraños.

Había decidido nadar hasta la boya roja, la que se esconde como el sol al otro lado de las barcas.

Muy lejos de la orilla, solitario y perdido en el crepúsculo, me adentraba en el mar sintiendo la inquietud que me conmueve al adentrarme en un poema o en una noche larga de amor desconocido.

Y de pronto la vi sobre las aguas.

Una mujer mayor, de cansada belleza y el pelo blanco recogido, se me acercó nadando con brazadas serenas. Parecía venir del horizonte.

Al cruzarse conmigo, se detuvo un momento y me miró a los ojos: no he venido a buscarte, no eres tú todavía.

Me despertó el tumulto del mercado y el ruido de una moto que cruzaba la calle con desesperación. Era media mañana, el cielo estaba limpio y parecía una bandera viva en el mástil de agosto. Bajé a desayunar a la terraza del paseo marítimo y contemplé el bullicio de la gente, el mar como una balsa, los cuerpos bajo el sol. En el periódico el nombre del ahogado no era el mío.

¿Quién anda ahí…

¿Quién anda ahí, verso sin terminar entre mis versos, desatendido sueño, silencio de las luces y las puertas?

¿Quién anda ahí, después de haberse ido, persistiendo con ojos de batalla, bajo la sombra muerta de las llaves?

¿Quién anda ahí, viniendo sin venir, deshabitando el tono de su voz, la cuenta inacabada de los pasos?

En esos mismos labios que han hecho las maletas, yo buscaba los héroes del destino. Vinieron una tarde por llevarte con ellos, y comprendí que nada se comprende.

¿Quién eres tú?

Se deshizo la luz, equivocó su horario por dejarte desnuda, desdibujó tus ojos mientras me sonreías.

Mientras me sonreías vi una sombra inclinada desvestirse, abrir la cremallera despacio del silencio, dejar sobre la alfombra la civilización.

Y tu cuerpo se hizo dorado y transitable, feliz como un presagio que nos enfurecía.

Que nos enfurecía. Solamente nosotros (camaradas de una cama ruidosa) y el deseo, ese difícil viaje de ida y vuelta, que ahora insiste y me empuja a recordarte

alegre, levantada, un relámpago abierto entre los ojos, recogiendo tu falda de joven colegial.

Mientras me sonreías, yo me quedé dormido en las manos de un sueño que no puedo contarte.

Quizá sólo nos falte ser algo menos jóvenes…

Quizá sólo nos falte ser algo menos jóvenes, sentir en otro tono más distante la vida, sin abusos con nuestra inevitable humanidad.

De nuevo el paraíso. Otra vez en la suerte de una casa no demasiado grande, bajo el sol de los viernes, un refugio sincero en la colina donde mirar la tierra con forma de caricia, mientras marzo se va y abril levanta la frente de los campos heredados, a dos horas de viaje.

Junto al cristal dolido de la puerta, me gusta comprobar que te desean las raíces por mí, cuando se ciñen con sus dedos salvajes a tu cuerpo, a tus enormes días de pezones pequeños, como sombras de olivo. Igual que lo hace un sueño, bajas por la pendiente para dormir conmigo, incendiando el encubierto reino de la luz retirada, que no calla los pleitos de la carne ni le pone distancia al ruido mundanal de su vocabulario, heredado también con estas piedras.

Aunque es más blanco el humo de los leños y flota en son de paz sobre el envejecido silencio de estos montes, aunque los himnos del atardecer debilitan las voces, acercándolas, no conozco la senda que me aparte de un cuerpo al que pedirle dignidad, un cuerpo no invitado a sus aniversarios, ese calor litúrgico de los antepasados y los bailes antiguos con los hombros desnudos parecidos al mar.

Es imposible retirarse a tiempo.

Es imposible, mientras yo me aventuro a sorprendemos, decirte, conocerte, tener un privilegio. y de nada nos sirven estas horas que no son de tu edad ni de la mía.

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro…

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro, agradece tu vida a mis fantasmas, a la pasión que pongo en cada verso por recordar el aire que respiras, la ropa que te pones y me quitas, los taxis en que viajas cada noche, sirena y corazón de los taxistas, las copas que compartes por los bares con las gentes que viven en sus barras. Recuerda que yo espero al otro lado de los tranvías cuando llegas tarde, que, centinela incómodo, el teléfono se convierte en un huésped sin noticias, que hay un rumor vacío de ascensores querellándose solos, convocando mientras suben o bajan tu nostalgia. Recuerda que mi reino son las dudas de esta ciudad con prisa solamente, y que la libertad, cisne terrible, no es el ave nocturna de los sueños, sí la complicidad, su mantenerse herida por el sable que nos hace sabemos personajes literarios, mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro, que puedo suicidarnos con romper una página

Recuerdo de una tarde verano

Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje rozado por la yema de los dedos, son el mejor recuerdo de unos días conocidos sin prisa, sin hacerse notar, igual que amigos tímidos.

Fue la tarde anterior a la tormenta, con truenos en el cielo. Tú apareciste en el jardín, secreta, vestida de otro tiempo, con una extravagante manera de quererme, jugando a ser el viento de un armario, la luz en seda negra y medias de cristal, tan abrazadas a tus muslos con fuerza, con esa oscura fuerza que tuvieron sus dueños en la vida.

Bajo el color confuso de las flores salvajes, inesperadamente me ofrecías tu memoria de labios entreabiertos, unas ropas difíciles, y el rayo apenas vislumbrado de la carne, como fuego lunático, como llama de almendro donde puse la mano sin dudarlo. Por el jardín, el ruido de los últimos pájaros, de las primeras gotas en los árboles.

Aquel temblor del muslo y el diminuto encaje, de vello traspasado, su resistencia elástica vencida con el paso de los años, vuelven a ser verdad, oleaje en el tacto, arena humedecida entre las manos, cuando otra vez, aquí, de pensamiento, me abandono en la dura solución de tus ingles y dejo de escribir para llamarte.

Recuerdo que atardecía…

Recuerdo que atardecía, recuerdo que vi su coche detenerse, recuerdo la compañía de sus ojos en la noche, sin saberse tras la boca de un gatillo que esperaba tembloroso y asesino, meterse por un pasillo de aquel corazón dudoso sin destino.

Rojo temblor de frenos por la noche…

Rojo temblor de frenos por la noche, así sueño el amor, así recuerdo, entre la madrugada olvidadiza, sensaciones de turbia intimidad, cuando tener pareja conocida es un alivio para los extraños.

Borrosa gravedad del parabrisas en la despreocupada seducción. Porque los coches saben su camino y van como animales en querencia a la casa, sin dudas, entre besos que nos duran el tiempo de un semáforo y un poco más; porque decir mañana es casi discutir el más allá, y hablamos del dolor de los horarios, alejados, cayendo en la imprudencia, como los vivos hablan de la muerte.

Se descalzan los días…

Se descalzan los días para pasar de largo sin que nos demos cuenta. Son casi despedidas, casi encuentros -felices pero incómodos- de cuerpos que se miran y que aplazan la cita. Aunque detrás, suelen quedarnos huellas que no son los recuerdos.

De aquel jardín inculto yo conservo el hombre que venía a desearte, a caminar sin ti, silvestre y solo. Porque de ti le hablaban las adelfas, con sus ramas difíciles como muchachas jóvenes, y las palmeras altas igual que tu desnudo, y aquel cielo corrido que buscaba la luz con que el amor te distingue los ojos.

No envejecemos nunca. Tal vez no envejecemos.

Y ahora puedo decírtelo, cuando tú me recuerdas las adelfas, y tu desnudo en arco dibuja una palmera, y los ojos se nublan sobre el jardín silvestre de los enamorados.

Tal vez no envejecemos. O es acaso que el tiempo se quitó los tacones para no molestarnos. O es acaso el deseo que camina en los labios todavía descalzo.

Secreto

Nos pusimos de acuerdo.

Yo esperaba sin prisa por la esquina, me hacía el despistado, hablaba con el niño y los borrachos, encendía un cigarro o compraba el periódico.

Aparenté no verte llegar casi sin prisa, arreglarte un momento en el descapotable, abrir la puerta, subir hasta el segundo.

Yo despisté al portero de las barbas rojizas, y allí, sin los silencios del joven que se enfrenta, sin tu arbolado anillo de goleta que surca el matrimonio, a pesar de tus pieles y mi piel, nos pusimos de acuerdo.

Si alguna vez no hubieses existido…

Si alguna vez no hubieses existido, si el calor de tus muslos no me hubiese buscado como un látigo preciso y mis ambigüedades electivas -los días más oscuros de mí mismo- no te hubiesen tenido como saldo de afirmación o excusa, es posible que este volver a casa en soledad y demasiado pronto, me recordase ahora un poco menos al joven que apostaba por el mundo, con el mundo a su espalda.

Sólo el amor es duro. Metidos en la noche, regresando entre la potestad y la mentira, hablamos del poder o de los sueños al hablar del abrazo. Y no lo sé tal vez, no sé si me recuerdo prisionero de un cuerpo o libre junto a él, buscando salvación o en servidumbre, miserable y maldito, pero atónito.

Quizás sólo se trata de que no estás aquí, de que perder es duro para todos y el amor me hace falta, como sabes. Quizás contigo estuve tan demasiado cerca de tu reino, que necesito ahora desmentirte, utilizar los trucos que uno tiene para poder seguir.

Porque somos así seguramente, huellas equivocadas, solitarias hogueras de un camino, paraísos de cuatro habitaciones que sólo se comprenden después de haber firmado muchas veces, precisamente ahí, donde pone El viajero.

Y a mí, ya que prefiero escoger mis derrotas, quiero que me recuerdes derrotado, como quien algo espera más allá de los tiempos y los hechos. Quizás porque haga falta haberlo presagiado o porque, en todo caso, nadie sabe dónde acaban los sueños.

Sonata triste para la luna de Granada

A Marga “Le ciel est par-dessus le toit” Paul Verlaine

Esta ciudad me mira con tus ojos, parpadea, porque ahora después de tanto tiempo veo otra vez el piano que sale de la casa y me llega de forma diferente, huyendo del salón, abordando las calles de esta ciudad antigua y tan hermosa, que sigue solitaria como tú la dejaste, cargando con sus plazas, entre el cauce perdido del anhelo y al abrigo del mar. Estarías aquí y nada habría cambiado sino el tiempo, el cadáver extraño de sus ríos que siguen sumergidos como tú los dejaste. Ahora siento otra vez mi cuerpo poblarse de veletas y lo veo entendido sobre generaciones de ventanas antiguas mientras la noche avanza solitaria y perfecta. Somos de una ciudad cargada de paciencia, que no conoce el sueño de los invernaderos, ni ha vivido la extraña presencia del amor. Como pequeñas venas los comercios esperan para abrirse mañana y el deseo no existe más allá de la luna de los escaparates.

Hemos soñado ya todos los sueños, hemos vivido aquí donde la historia olvida sus raíles vacíos, donde la paz es negra y se recoge entre plazas cerradas, sobre tabernas viejas, bajo el borde morado del misterio.

Alguna vez soñamos con un mundo distinto: era cuando el imperio perdido del azúcar y llegaban viajeros al olor de la industria. Las calles se llenaron de motores rugientes y la frivolidad como una enredadera brillante por los ojos nos ofreció de pronto templada carne, lámparas de araña. Parece que os recuerdo abrasados al mundo entre trajes de hilo, entre la piel hermosa de una época que nos dejó sus árboles, el corazón grabado sobre las pitilleras, y su dedicatoria en las fotografías. Ahora cuando el destino ya no es una excusa sino la soledad, y los cielos están bajo el tejado como tú los dejaste, todo recuerda un sueño sucio de madrugada. Aquí no tuvimos batallas sino espera. La guerra fue un camión que nos buscaba, detenido en la puerta, partiendo con sus ojos encendidos de espía y al abrigo del mar. Más tarde entre canciones tristes de marineros rubios todo quedó dormido. De balcón a balcón oímos la posguerra por la radio, y lejos, bajo las cruces frías de las plazas, ancianas sombras negras pascaban sosteniendo en las manos nuestra supervivencia.

Esta ciudad es íntima, hermosamente obscena, y tus manos son pálidas latiendo sobre ella y tu piel amarilla, quemada en el tabaco, que me recuerda ahora la luz artificial del alumbrado.

Vuelvo hacia ti. Mi corazón de búho lo reciben sus piernas. Como testigos mudos de la historia acaricio las cúpulas perdidas, palacios en ruina, fuentes viejas que recogen la luna donde van a esconderse los últimos abrazos. Verdes en el cansancio de todas las esquinas esta ciudad me mira con tus ojos de musgo, me sorprende tranquila de amor y me provoca. Amanece moradamente un día que las calles comparten con la lluvia. La soledad respira más allá de las grúas y mi cuerpo se extiende por una luz en celo que adivina los labios de la sierra, la ropa por las torres de Granada.

La madrugada deja rastros de oscuridad entre las manos. Oigo una voz que clarea. Lentamente los tejados sonríen cada vez más extensos,

y así, como una ola, entre la nube abierta de todos los suburbios, esta ciudad se rompe sobre las alamedas, bajo los picos últimos donde la nieve aguarda que suba el mar, que nazca la marea.

De “El jardín extranjero”

Sospechan de nosotros…

Sospechan de nosotros. Ha pasado el primer autobús, y nos sorprende en el lugar del crimen, desatados los cuellos y las manos a punto de morir, abandonándose.

Nos da el alto la luz, sentimos su revólver por la espalda, demasiado indeciso, su temblor en nosotros, encubierto bajo el pequeño bosque de las sábanas.

¡Corre! ¡Coge el amor y corre cuerpo adentro! Hay un desfiladero sin leyes en los labios, un laberinto ardiendo de salidas. Mira tu corazón o tu cintura, ese castillo en alto que mis muslos coronan como un lago de niebla.

¡Corre! Atiende sólo al viento de la piel pasando y regresando. y que suenen las ráfagas, que suenen los disparos, que las sirenas suenen a tu espalda.

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi…

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi, cruzo la desmedida realidad de febrero por verte, el mundo transitorio que me ofrece un asiento de atrás, su refugiada bóveda de sueños, luces intermitentes como conversaciones, letreros encendidos en la brisa, que no son el destino, pero que están escritos encima de nosotros.

Ya sé que tus palabras no tendrán ese tono lujoso, que los aires inquietos de tu pelo guardarán la nostalgia artificial del sótano sin luz donde me esperas, y que, por fin, mañana al despertarte, entre olvidos a medias y detalles sacados de contexto, tendrás piedad o miedo de ti misma, vergüenza o dignidad, incertidumbre y acaso el lujurioso malestar, el golpe que nos dejan las historias contadas una noche de insomnio.

Pero también sabemos que sería peor y más costoso llevárselas a casa, no esconder su cadáver en el humo de un bar.

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad, y sin idiomas voy hacia la tuya. No hay nada que decir, pero supongo que hablaremos desnudos sobre esto, algo después, quitándole importancia, avivando los ritmos del pasado, las cosas que están lejos y que ya no nos duelen.

Versión libre de la inmortalidad

En la noche profunda, como dormida caricia que sorprende y sigue a más, sombras con el calor de la materia, mordiéndose los labios, mal quitado el pijama y ardiendo de loca oscuridad entre los brazos.

A media luz, perfiles como el amor de un sueño generoso con sus protagonistas, diseñados despacio, mientras el pensamiento va más rápido que los cuerpos y explica dónde será la próxima caricia, cuándo la paz y cómo y qué palabras.

A luz abierta, toda, alejado de mí para mirarnos, para mirarte hundida y encerrada con tus propios sentidos, hasta que abres los ojos llenos de solitaria claridad, y está la habitación, conmigo, atenta, y en tus ojos comprendes que nos gusta mirarte como a un río, un desmayado atardecer, un paisaje infinito.

Ni tú ni yo creemos en la inmortalidad. Pero hay momentos -oscuros, de penumbra o luz abierta- donde se roza el mundo de los libros y las ventajas de la eternidad. Escribo este poema celebrando que pasado y presente coincidan todavía con nosotros y haya recuerdos vivos y besos tan dorados como el beso aquel de la memoria.

Yo sé que el tierno amor escoge sus ciudades…

Yo sé que el tierno amor escoge sus ciudades y cada pasión toma un domicilio, un modo diferente de andar por los pasillos o de apagar las luces.

Y sé que hay un portal dormido en cada labio, un ascensor sin números, una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión tiene formas distintas de inventar corazones o pronunciar los nombres al coger el teléfono. Sé que cada esperanza busca siempre un camino para tapar su sombra desnuda con las sábanas cuando va a despertarse.

Y sé que hay una fecha, un día, detrás de cada calle, un rencor deseable, un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé que el amor tiene letras diferentes para escribir: me voy, para decir: regreso de improviso. Cada tiempo de dudas necesita un paisaje.