Nocturno

Nocturno

A Ángel González

Aplauden los semáforos más libres de la noche, mientras corren cien motos y los frenos del coche trabajan sin enfado. Es la noche más plena. Ninguna cosa viva merece su condena. Corazones y lobos. De pronto se ilumina en su sillín con prisas la línea femenina de un muslo. Las aceras, sin discreción ninguna, persiguen ese muslo más blanco que la luna. Pasan mil diez parejas derechas a la cama para pagar el plazo de la primera llama y firmar en las sábanas los consorcios más bellos. Ellas van apoyadas en los hombros de ellos. Una federación de extraños personajes, minifaldas de cuero, chaquetas con herrajes y el hablador sonámbulo que va consigo mismo, la sombra solitaria volviendo del abismo. Luces almacenadas, que brotan de los bares, como hiedras contratan las perpendiculares fachadas de cristal. Hay letreros que guiñan, altavoces histéricos y cuerpos que se apiñan. El día es impensable, no tiene voz ni voto mientras tiemble en la calle el faro de una moto, la carcajada blanca, los besos, la melena que el viento negro mueve, esparce y desordena. Yo voy pensando en ti, buscando las palabras. Llego a tu casa, llamo, te pido que me abras. La ciudad de las cuatro tiene pasos de alcohólica Desde el balcón la veo y como tú, bucólica geometría perfecta, se desnuda conmigo. Agradezco su vida, me acerco, te lo digo, y abrazados seguimos cuando un alba rayada se desploma en la espalda violeta de Granada.

De “Rimado de ciudad”