Nueva salutación al optimista

Nueva salutación al optimista

Irene no conoce todavía la palabra resaca. Descentrada con el raro bullicio de la gente que hubo anoche en la casa, duerme poco, penetra ese olvido absoluto al que recurro en mañanas difíciles, salta por los barrotes de su horario, se anuncia con un grito de selva inexplorada, corre por el pasillo hasta la cama, de mi pelo se cuelga, con mi espalda fabrica una pista de baile, insiste repartida, telefónica, parece que se escapa por fin, pero regresa con urgencia de liebre despiadada. Irene no conoce todavía la palabra resaca. Están así las cosas… Es la primera vez que la ira no afecta al importuno. Juro que no repetiré, sé que no debo acostarme tan tarde, tan borracho, bajo un sol que ya tenga mala cara de sueño y aspirina.